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La
entrevista: Ana Pampliega de Quiroga Para
la psicóloga social, la sobreadaptación a una sociedad ferozmente competitiva
implica un gran desgaste psicológico Ana
Pampliega de Quiroga, o Ana Quiroga como la conocen sus colegas, es psicóloga
social. Fue discípula y pareja de Enrique Pichon-Riviére y continúa con su
trabajo en el estudio de las relaciones sociales. Desde
hace más de tres décadas se dedica a estudiar los fenómenos que, desde la
vida cotidiana, afectan al hombre. Enunciados que se pronuncian en serio y a
veces en broma, como "qué nos pasa a los argentinos", o "el
problema de la economía es el malhumor de la gente", o "la dirigencia
política está en crisis", son materia de estudio para Quiroga. Ella
encuentra algo de verdad y de mentira en estas frases. -¿Cree
que el ritmo vertiginoso de Buenos Aires refleja la psicología de sus
habitantes? -Las
ciudades, los ritmos, los climas, hablan de la gente. Hay algo muy perceptible,
y es el ritmo de circulación, el tránsito, que es muy claro con respecto a cómo
está la gente. Cuando hay situaciones de incertidumbre, crisis, angustia y
mucha hostilidad, uno de los rasgos donde eso se expresa es en el tránsito. Hoy
en Buenos Aires se maneja con una absoluta desaprensión y falta de atención.
La gente está concentrada en sus propias cuestiones y a la vez descarga a través
del auto y del manejo la hostilidad que tiene. -¿Qué
opina de la colocación de cámaras para ordenar el tránsito?
-Yo
creo que la situación de locura en el tránsito de alguna manera hace necesario
un ordenamiento. Que la idea sea la de la cámara está totalmente inserto en el
perfil de esta sociedad, que es de control. Aquí hay una contradicción
control-descontrol, porque progresivamente lo que más se ha profundizado son
los mecanismos de control social. No por casualidad, sino porque a la vez se ha
profundizado en los mecanismos de invasión y de manipulación del sujeto. -¿En
qué casos por ejemplo?
-En
la manera en la que el ser humano es manejado por los centros de poder y por los
centros económicos, antes era necesaria la represión en estos casos. De todos
modos sigue existiendo la represión, pero ahora los mecanismos son mucho más
sutiles. Se trabaja mucho con la persuasión, se dice que estamos en la era de
la seducción. En un juego muy perverso de seducción y amenaza. Por ejemplo, ¿cómo
se impuso la globalización en el mundo? Cuando la globalización comenzó a ser
enunciada, particularmente a partir del discurso de El fin de la historia,
de Francis Fukuyama. La presencia de ese nuevo orden apareció como la culminación
de la evolución ideológica del hombre, como la culminación del desarrollo
social del ser humano. Y fue anunciado como un mundo que iba a ser
progresivamente un mundo feliz. La sociedad del cumplimiento de los deseos que
anunciaban los autores de la posmodernidad, donde se aplanaban los conflictos y
sólo iba a perdurar el constante progreso. -¿Y
qué pasó? -A
principio de los años 90, lo nuevo aparecía como lo absoluto y seductor. Pero
detrás de esa seducción latía una amenaza: ÔSi uno no se incorpora a lo
nuevo, ¿qué es? Obsoleto, dinosaurio, desechable, "descartable".
Este nuevo orden es triunfalista porque hay expansión del sistema capitalista y
de los mercados, y aparece como un mundo potencialmente feliz. Pero para poder
desarrollarse replantea una reorganización de la producción que deja afuera a
un 30 por ciento de la población económicamente activa del mundo. Y así se
produce una precarización laboral, y al ser el trabajo un ordenador psíquico y
social, se instala en el mundo un horizonte de amenaza. Si hay un tercio de la
gente en el mundo que queda fuera de la producción y si en la Argentina un 60
por ciento de las personas hoy teme perder su trabajo, hay una vivencia de
amenaza que conduce a otro sentimiento angustiante, que es el temor de
inexistencia. Es temor a no tener ninguna significatividad por desinserción
social. -¿En
qué conductas se expresan estos temores?
-Estas
son vivencias profundamente dolorosas para el ser humano, que implican una
precarización de la vida social. Si vamos a las patologías, la Organización
Mundial de la Salud ya en 1994 decía que la pobreza es el factor principal de
enfermedad en el mundo. En el plano de la salud mental, la depresión y la
ausencia de proyecto son los factores fundamentales de patología mental y en
crecimiento exponencial. Por otro lado van apareciendo patologías
concomitantes, como el síndrome de pánico, que ha sido muy estudiado por los
norteamericanos. -¿Es
el que produce los ataques de pánico?
-Sí,
es un cuadro que está dentro de un tipo de fobia y es la expresión del síndrome
de pánico. Tiene un altísimo crecimiento en nuestra sociedad. -¿Por
qué pasa esto? -Tiene
que ver con tratar de adaptarse coherentemente al medio y en realidad es una
sobreexigencia y una sobreadaptación. En una sociedad tan ferozmente
competitiva, el terror de inexistencia hace que el sujeto trate de dar una
respuesta adecuada y no puede. El costo es tan grande que en un momento hay una
quiebra. Por supuesto que hay una multiplicidad de causas, pero éste es un
factor de alta incidencia. -¿Hay
alguna otra patología que haya ganado protagonismo?
-La
depresión, que tiene que ver con la pérdida de lugares, o el temor a la pérdida
de lugares. Y hay en estos casos una "ausencia de proyecto". ¿Qué
niveles de garantía y estabilidad hay ahora para elaborar un proyecto, que es
un sostén interno para el lanzamiento vital? El ser humano, que es un ser de
crisis, las vive con naturalidad y son posibles porque existen ciertos
referentes internos y externos que nos ofrecen sostén. Algo que ha pasado con
las crisis en el mundo es que las instituciones se han derrumbado, hay un
colapso de los referentes y lo que queda es un malestar en la cultura -ahí sí
nombramos a Freud- que es la fragmentación de los lazos. Este nuevo orden
mundial colocó centralmente en la vida social la institución del mercado. Esa
institución dice "el otro no es mi semejante, sino un rival por excluir o
destruir." Y esto, que uno puede entender en una lucha de corporaciones, se
va interpenetrando en las relaciones entre las personas, y se va produciendo un
distanciamiento entre ellas. Esto empezó a manifestarse a fines de los años 80
con claridad. Además, sobre el discurso de Fukuyama se van a entrelazar
discursos como El fin del trabajo, de Rifkin, con esa propuesta
particular de evitar los estallidos sociales haciendo que cubran el trabajo
social quienes están sin trabajo. El del horror económico, el paradigma tecnológico,
el discurso de Vargas Llosa, que dice que la globalización es tan infalible
como la ley de la gravedad.. -En
el foro de Davos que terminó la semana última se reafirmaron estas ideas.
-Exacto,
lo interesante es cuando este nuevo orden ya no puede ser tan seductor y muestra
su aspecto siniestro para millones de seres humanos. Y como esos millones no
eligieron ese cambio, pero lo tuvieron que aceptar, entonces cambia el discurso,
y se dice: "Este es el único modelo posible". Para poder sostener
esto hay que tener un altísimo grado de control social, pero durante varios años
hubo muy pocos focos de resistencia, ya que había mucho desconcierto. -¿Cree
que hubo esperanzas frustradas?
-No
sé si una esperanza, hubo una expectativa porque los aspectos seductores
conducen a expectativas. No sé si la palabra esperanza es adecuada para nuestro
país, donde muy rápidamente las esperanzas se convierten en frustración. A su
vez, en nuestro país hay ejemplos de cómo se dio el pasaje de una situación
de parálisis e impotencia -sobre todo en los grandes sectores de desocupados- a
una lucha, con un nivel de claridad de pensamiento importante. Eso arranca con
la explosión de furia en Santiago del Estero y después tuvo una cualidad
diferente en Neuquén y en Jujuy, donde he podido conversar con piqueteros.
Ellos tenían claro cuál era la situación por la que estaban atravesando y qué
era lo que iban a obtener, lo que significa un contrato basura. Y tenían claro
que si no cumplían con ellos iban a volver a cortar la ruta. Y así se articula
un discurso en la Argentina y es el de la dignidad y de la esperanza, que abre
marcos. Acá un fogonero me decía: "Escuché por ahí que decían que
estamos en la calle porque no tenemos nada que perder, pero tenemos todo por
perder. Está nuestra dignidad". -¿Cuál
es la situación que ve en America latina?
-América
latina hoy está más convulsionada que en la década del 70. Si tomamos el
mapa, hay problemas en Colombia, México, Ecuador, Venezuela, Paraguay, Brasil,
Bolivia, la Argentina, y veremos qué pasa con Chile, donde ciertas estructuras
de poder han quedado profundamente debilitadas. YUruguay que está en una
situación parecida a la nuestra. América latina es un volcán. -¿Qué
opina de las respuestas que está dando el Gobierno a estos reclamos sociales?
En algunos casos se lo ha criticado por ceder.
-Es
importante ver por qué lucha la gente. Por ejemplo la gente de La Matanza, que
cortó la ruta 3, decidió luchar por la salud desde fines de los años 80,
armaron una sala de primeros auxilios. El tema era tener un barrio con
infraestructura de barrio, y no una villa, tener calidad de vida. Y ellos
notaban que no podían esperar de sus representantes nada de eso, y a cada cosa
la tuvieron que luchar. Entonces, cómo puede ser que se considere que el
Gobierno está cediendo si estamos en un país democrático, donde tiene que
haber una relación entre representante y representado. Ahí viene uno de los
grandes quiebres en el mundo... El primer ministro británico, Tony Blair, está
planteando que hace falta convocar a la gente para que vuelva a votar, a elegir,
a ponerles vida y emoción a los temas del gobierno. Porque lo que se ha
quebrado es la relación representante-representado. -¿Y
eso cuándo sucedió?
-Ha
sido gradual en los últimos años, cuando se empezó a hablar de la "clase
política" -yo no creo que lo sean-, pero ellos mismos empezaron a sentirse
una clase con respecto al mundo social que los había ungido. La quiebra entre
representante y representado es uno de los cismas de la sociedad. Yestá
generando esa cuarta vía con un llamado a movilizar lo que está inmovilizado.
El desinterés de la gente en realidad no es inmovilidad, pasa porque los
ingleses, en este caso, no creen en quienes los gobiernan. Una de las cuestiones
fuertes que ocurren en nuestro país es ese quiebre, que no es de hoy, pero que
en el mundo ha generado un movimiento diferente, se lograron nuevas formas de
representación. -¿Cuáles
serían? -Las
formas en que se da la representatividad de los que luchan para conseguir
algo.Por ejemplo en las organizaciones barriales, como el caso de La Matanza,
los delegados por manzana, que van a un consejo vecinal, tienen un mandato
revocable en cualquier momento, en cuanto no se cumple con algo, se es
destituido. No se crea una "clase política". -Hoy
la gente sale a reclamar rápidamente cuando quiere cambiar algo. ¿Cómo evalúa
esta realidad? -Creo
que es porque los niveles de indignación social y de movilización han crecido
de una manera sorprendente. No hay un semáforo y la gente arma casi una guerra
civil. La inundación fue un analizador del grado de indignación y del
sentimiento de frustración y de estafa que vive la gente respecto de la
delegación de poder que hicieron las autoridades. "Yo pago mis impuestos,
cómo es posible que mi calle se inunde", dicen. La gente se moviliza hoy
por un semáforo, por la salud, lo hace por la calidad de vida. Creo que se
produjo un importante aprendizaje social, después de tanto sufrimiento
acumulado por los argentinos. -¿Qué
reacciones percibe en la gente respecto de la gestión del Gobierno?
-Este
gobierno llegó al poder porque hubo un proceso de elección donde fue necesario
que hubiera identificación con ellos. Se depositó en ellos la expectativa del
cambio y eso fue frustrado en forma inmediata y sistemática a lo largo de un año.
Hoy hay un rechazo de la gente sobre la política económica y social y un
reclamo sobre una necesidad básica que es el empleo. Pensar que la gente va a
responder positivamente hoy a un grupo de decretos es apelar al pensamiento mágico,
es pensar que frente al show de decretos el Gobierno recuperará la
credibilidad. No va a ser tan fácil. Pensar que un juego mediático y un show
de decretos puede implicar un cambio profundo en la actitud del ciudadano
argentino es desestimar y desvalorizar la capacidad analítica de la gente. No
se trata de cambiar la representación de los hechos, se trata de cambiar los
hechos. Laura
Ferrarese
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Martes, 13 de Mayo de 2008
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