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Fernando
Fabris A partir de la observación del proceso creativo en la vida cotidiana de pacientes psiquiátricos y de su labor en la organización de Talleres Creativos, Fernando Fabris escribe una síntesis de su experiencia que nos permite repensar los vínculos entre individuo y sociedad, salud mental, trabajo y creatividad.
La
creatividad es una capacidad existente o potencial en todas las personas.
Presenta en cada sujeto modalidades diferentes y magnitudes variables. Es el
resultado emergente de la articulación de capacidades cognoscitivas,
emocionales y prácticas y está íntimamente asociada a la posibilidad de
encontrar nexos, de forma novedosa, en gran cantidad de variables que operan
simultáneamente en una situación dada. Esta
característica se hace presente tanto en la creatividad de un hecho cotidiano
simple (hacer la comida, reorganizar los muebles, colgar una lámina en una
pared, etc.) como en la creatividad más compleja, aquella que se pone en juego
en las creaciones culturales populares, como por ejemplo el desarrollo de
estrategias adecuadas en las luchas sociales. Son
formas complejas de creatividad, también, las que se presentan en la
investigación científica y tecnológica así como en el campo artístico.
Creatividad es innovación. Como dice una definición tradicional, es encontrar
soluciones adecuadas a problemas nuevos o soluciones nuevas a problemas
conocidos. El
entrenamiento de la creatividad La
creatividad es una capacidad inalienable de cada ser humano. Esta capacidad
puede entrenarse y favorecerse desde la implementación de técnicas específicas
que requieren la construcción de un “espacio creativo”, es decir un lugar
donde se favorezca la comunicación expresiva y se estimule la aparición de lo
nuevo. Los
resultados logrados en el empleo de las técnicas creativas muestran su eficacia
en diversos campos: el aprendizaje, la psicoterapia, lo artístico, la promoción
institucional y comunitaria. En todos los casos permite soluciones operativas e
integradoras en el sentido de formas de pensamiento y acción que elevándose de
lo inmediato guardan sin embargo un contacto estrecho con las representaciones,
imágenes y afectos que están comprometidos en la situación de que se trate.
Las técnicas creativas potencian y permiten una modalidad de funcionamiento psíquico
caracterizado por la fluidez y la flexibilidad interna así como una forma
multilateral y práctica de conexión con la situación que se debe abordar y
resolver. Por medio de estas técnicas se desbloquea, despierta y desarrolla la
capacidad creativa Las
dos fases del proceso creativo En
todo proceso creativo se presentan dos fases que se interconectan e interactúan:
la fase activa y la receptiva. Estas dos fases pueden ser observadas en la
creatividad que emerge en la vida cotidiana. A las personas se nos presentan en
el diario vivir momentos creativos en los que hallamos inesperadamente una
solución que antes, esforzada e infructuosamente, habíamos intentado lograr.
Nuestra actitud habitual suele ser desechar lo que se produce espontáneamente
en ese “estado creativo” ya que lo calificamos de “irracional”,
“absurdo”, “oscuro”, “insignificante”, etc. Actúa allí una matriz
mental hipercrítica que califica esa práctica u ocurrencia creativa como una
locura o falta de “racionalidad”. A esa desestima de la propia creatividad
contribuyen motivos emocionales, conceptuales, culturales e ideológicos. La
idea o imagen que “nos llega”, inquietante pero nueva, es un producto
creativo que al ser desestimado “se pierde”. Se bloquea así la posibilidad
de expresión y cambio. Aunque no lo sepamos el producto creativo es el
resultado de un silencioso proceso elaborativo en el que estuvimos ocupados, a
menudo casi sin saberlo. El
producto creativo, la solución a veces imprevista a un problema que nos ocupó
con anterioridad, suele llegar de una zona de uno mismo que tenemos la impresión
de no conocer; aparece en el marco de cierta extrañeza como “algo en mi”
que hace presente lo nuevo. Lo nuevo en esa
circunstancia no surge tanto del esfuerzo consciente de búsqueda sino de cierto
abandono circunstancial de esa búsqueda, aparece cuando “se deja de
buscar”. Pablo Picasso, trabajador incansable en el campo de la pintura solía
decir “yo no busco, encuentro". Esa
idea o imagen inesperada se nos presenta en contextos cotidianos en cierto
sentido inestructurados: cuando se va de un lado a otro, en la calle, en el baño,
al despertarse o poco antes de dormir. En esas circunstancias de “pasaje” de
una situación a otra, las defensas psíquicas y las actitudes rígidas se
debilitan y permiten la aparición de imágenes y percepciones que son la
materia prima de la idea o conducta nueva. Allí aparece el producto “espontáneo”
de la creatividad. Por supuesto que la calidad de lo que aparece en el momento
creativo espontáneo está vinculado al trabajo previo, al esfuerzo activo
realizado previamente, orientado a un fin, que es el logro del objeto de la
creatividad. Aquel objeto de la creatividad o producto creativo, es lo sepamos o
no, la respuesta a una necesidad. Reafirmemos
esta idea: el momento receptivo, espontáneo, en el cual la solución “nos
llega” guarda una relación de proporcionalidad dialéctica con el trabajo
activo previo, realizado conscientemente. Por lo tanto lo consciente y activo es
parte de una totalidad orgánica que incluye también lo espontáneo y
receptivo. Son las dos fases de un proceso único. Al decir de algunos autores
crear es también dejarse crear. Las
dos fases creativas incluidas en el proceso total Las
dos fases creativas se suceden y alternan en un proceso total que tiene varios
momentos. Al ser la conducta humana un “continuo” es en cierto sentido
arbitrario marcar un comienzo y un fin del proceso creativo. A los fines didácticos
podemos señalar la siguiente secuencia. Un
momento inicial en el que se entra en contacto, se registra, consciente o
inconscientemente, una necesidad. El sujeto, en esa circunstancia comienza una
tarea de focalización; enfoca la situación problemática. Se produce un estado
de movilización interna o “incubación” en el cual, al decir de Enrique
Pichon-Rivière, se depositan objetos internos. De esa manera aumenta la
significación subjetiva del problema planteado y el sujeto pasa a estar inmerso
en el mismo. Luego de un trabajo elaborativo, de búsqueda interna y externa,
aparece un “nuevo emergente”: la idea, imagen o conducta creativa. El sujeto
opera sobre esa imagen que como dijimos emergió en un momento de espontaneidad;
realiza un trabajo activo y consciente que va a apuntar a la objetivación del
producto creativo y eventualmente a su comunicabilidad. Creatividad
individual y social La
creatividad que se pone en juego en un sujeto es a pesar de su manifestación
individual un proceso esencialmente social. La persona “habla” en su hacer
pero también “es hablado” en el sentido de que somos en cada aquí y ahora
portavoces de nuestra propia historia así como de los otros más inmediatos y
mediatos. El hecho creativo, en su aspecto más espontáneo, revela la presencia
de otros internalizados que intervienen en forma inconsciente pero eficaz. Por
eso se dice que el escritor es un “estratega” que inventa tramas pero también
es una especie de “secretario” que organiza lo que se le aparece e impone.
Es el estratega del descubrimiento aunque también un receptor de la estrategia
de sus personajes internos. Esta
modalidad de funcionamiento del proceso creativo, a la que ya nos referimos, es
la forma en que se expresan, en un mismo momento, las dos fases de la
creatividad: la activa y la receptiva. El momento receptivo es en el cual
“llegan” las imágenes e ideas, es un momento de espera activa y requiere de
la posibilidad de darse tiempo, aceptar lo desconocido y no convencional y
encontrar el lugar que lo favorezca. Aparece entonces la solución esperada
respecto de algo en lo que estamos inmersos. Junto con la solución esperada
aparece una percepción más integrada de nosotros mismos como sujetos, la
integración de mente, cuerpo, emoción y mundo (“me volvió el alma al
cuerpo”, “percibo mejor la situación y me siento parte de la misma”). La
matriz censurante de lo creativo tiene como dijimos antes determinantes
conceptuales, emocionales e ideológicos. La organización social capitalista
entrena y aprovecha la creatividad de un sector “especializado” que se pone
al servicio de la reproducción de las relaciones capitalistas. Se intenta
perpetuar la lógica de un sistema que curiosamente está organizado alrededor,
no de la satisfacción de las necesidades humanas, sino de la obtención de la máxima
ganancia. Este anhelo de la máxima ganancia, que por efecto de la
“costumbre” nos parece “natural” desvirtúa las condiciones de la
creatividad misma y es el que fundamenta las formas de uso de la creatividad por
parte del poder (ej: la publicidad comercial, la creatividad empresarial, etc.).
Por eso suele ser contradictorio la aplicación de técnicas creativas y
participativas en contextos empresariales, donde la distancia social y de poder
(clases sociales) de los participantes es muy elevada y donde el destino de la
creatividad de los empleados, obreros, trabajadores en general, es la apropiación
unilateral por parte de la empresa del beneficio logrado. En
términos generales el propio sistema, para resguardar sus “intereses” trata
de inhibir y bloquear la creatividad popular. Las formas como busca hacerlo son
propias de cada coyuntura histórico-política pero todas se asientan sobre una
situación básica descripta por Carlos Marx hace más de 150 años: la escisión
capitalista de los productores respecto de sus productos así como la enajenación
respecto de las condiciones en que se produce. La alienación social de la mayoría
es la base histórico-económica de la angustia social, la inseguridad básica y
el sufrimiento producido por la presión de la escasez y por el bloqueo del
poder “verse expresado” y reflejado en el producto así como la obstrucción
de la necesidad de identificación con los otros con quienes se produce. Si bien
la creatividad es un hecho social aparece como algo meramente individual,
producto de la genialidad. En la mayoría de las personas la propia capacidad
creativa aparece como algo ajeno, extranjero, no propio; un producto
escindido del productor y por eso, desechable. La
práctica creativa en el hospital psiquiátrico Este
proceso de alineación y ocultamiento de la creatividad inherente a todas las
personas se me hizo progresivamente evidente por la observación de la vida
cotidiana aunque en particular en el trabajo sostenido durante 10 años en el ámbito
del hospital psiquiátrico. Pude constatar en esa práctica que al enfermo
mental se le adjudican erróneamente dos aspectos dicotómicos: por un lado la
suma pública de la irracionalidad, incapacidad y peligrosidad, y antagónicamente
la suposición de una especial capacidad para la creatividad y una genialidad
proporcional a su locura. Ambas cosas son erróneas y falsas. La persona que
enferma gravemente es alguien sumido en un profundo sufrimiento que impone, por
lo general, la paralización de su capacidad creativa. El loco crea “a
pesar” de su locura y no por su locura; crea esencialmente en los momentos de
salud, en los que por medio de una posibilidad creativa nueva logra ganarle una
batalla al sufrimiento y la enajenación. La
instalación sostenida, en el ámbito del hospital psiquiátrico, de
dispositivos creativos nos mostró una y otra vez que en el contexto adecuado el
sufrimiento intolerable de la locura podía ser expresado, objetivado en la
producción creativa-artística y elaborado psíquicamente. La creación de
objetos creativos —plásticos, literarios, teatrales, periodísticos,
musicales, etc.— fue seguida en todos los casos del necesario momento de
comunicación de lo creado. Por ello el dispositivo de trabajo apuntó a
sostener la “salida” habitual del paciente internado del ámbito de
internación. Para ello realizamos decenas de presentaciones en los más
diversos ámbitos comunitarios e institucionales. La
comunicación del producto creativo, realizada por los mismos pacientes, es
esencial para el proceso de cura ya que la locura tiene no sólo determinantes
internos sino contextuales. En todos los casos la “salida” extramuros de los
pacientes fue especialmente productiva para todos. La
experiencia de “la salida” hacía visible “la salud de los enfermos” y
por lo tanto apuntaba a transgredir una regla implícita pero básica del
manicomio: que nadie o casi nadie debe curarse. Por esta trasgresión fuimos
objeto de todo tipo de saboteos y nuestra tarea se desarrolló en la casi
totalidad de su duración en lucha contra las políticas oficiales. Por supuesto
que hicimos acuerdos con las distintas gestiones de dirección del hospital
aunque siempre nuestra atención principal se dirigió a la base, a la
construcción de la más amplia unidad posible “por abajo” (enfermeros,
sindicalistas combativos, algunos profesionales, la mayoría de los pacientes). En
las presentaciones públicas de las producciones artísticas de las personas
internadas constaté reiteradamente un mismo emergente: la conmoción del público
asistente que disfrutando de una poesía o una representación teatral descubría
el inmenso potencial que tenían aquellos seres sufrientes y abandonados. Se les
hacía evidente las capacidades conservadas y la posibilidad expresiva de
quienes en la representación social como dije antes son los depositarios de la
irracionalidad y la incomunicación. La
constatación de la capacidad del “incapaz” así como de la posibilidad de
elaboración de su sufrimiento, produce un fuerte impacto en el público
asistente que relaciona rápidamente lo que observa en otros a la propia vida.
Tal vez exista aquí una resonancia e identificación de los aspectos
“heridos” del otro con los aspectos “heridos” propios y de las
necesidades y capacidades del otro con las propias. Toda historia personal
contiene el recuerdo de una creatividad que fue censurada, reprimida o que no
tuvo el lugar apropiado donde poder desarrollarse. El “publico” hace
consciente entonces aquella historia de necesidad y frustración de la
creatividad: el loco desde su debilidad y su fortaleza se transforma en el
“espejo” donde mirarse, dramatiza ese juego de “muerte y resurrección”
que la historia de cada uno contiene. Por ello el enfermo mental es, al decir de
Enrique Pichon-Rivière, el “depositario y símbolo de su estructura
social”. En tanto ser sufriente “desposeído” de su racionalidad nos
presenta, ampliada, la situación básica de las amplias mayorías. En tanto
sujeto que elaborando su sufrimiento pudo producir una comunicación artística
eficaz se transforma en un líder con el cual poder indentificarse. Es en término
generales un espejo que muestra la propia alienación social, la separación
cotidiana, social y violenta de las propias capacidades creativas. La
creatividad de los pacientes, sostenida y posibilitada por en un espacio
grupal-institucional —los Talleres Creativos Artísticos— muestra que las
condiciones vinculares-sociales son determinantes del destino de satisfacción o
frustración de las necesidades creativas, de la posibilidad de la creatividad
—en tanto elaboración y salida de la locura— o de la inhibición de la
creatividad, como reforzamiento de la misma. En
la escena social de nuestro país, podemos observar desde hace ya algunos meses
un inmenso despliegue de creatividad popular, una “nueva vuelta de espiral”
en la lucha social, aquella que partiendo de las necesidades de subsistencia y
el deseo de un presente y futuro distinto, crea día a día nuevas formas de
desarrollar el combate. En esa lucha se juega un presente y un futuro de
felicidad o infelicidad. En la búsqueda de la satisfacción de las necesidades
objetivas y subjetivas, este creciente protagonismo colectivo, apunta de
diferentes maneras a la modificación de las relaciones sociales de producción,
relaciones que se muestran como una traba para la satisfacción de las
necesidades sociales. Esta forma de creatividad, sin duda la más profunda,
apunta a disminuir y abolir la separación de los productores respecto de sus
productos, a hacer el medio social más habitable y con ello generar las
condiciones de una forma de vida menos alienada, más humana. ¿QUE
ES LA LOCURA? Es
una membrana que no nos permite razonar, pero, en todo loco hay un sinónimo de
incomprensión. El loco, no ve nada rosa en su vida, y va haciendo equilibrio
como una navaja que es el filo de la vida- pero no de la muerte. Tal vez,
comprendamos, y vemos diariamente, un prisma; nuestros terapeutas pueden lograr
lo rescatable del paciente, pero un loco, nunca, nunca puede integrarse; los
terapeutas luchan por devolverlos a la sociedad, pero ésta no perdona. Por eso
este Evento de Artistas de Hospitales e internos, nos hace sentir como en
nuestra propia casa, desde “dame un pucho” hasta “toma la medicación”.
La luz no llega a sus mentes, llega el ejecutor, la guadaña. Estrella
Bencid (Este
texto surgió como salida a un momento crítico vivido por su autora; el
registro de una pérdida y un sufrimiento intolerable pareció sumirla en un
silencio profundo. La presencia de sostén y compañía ayudó a la elaboración
creativa de lo siniestro. Pocas horas después emergió el bienestar y un
producto creativo: el poema “¿Qué es la locura?”,
publicado en Romper Barreras: poesías y
testimonios desde un Hospital Psiquiátrico”. Ediciones Cinco. Bs.As.,
1998.) Los
Talleres Creativos Artísticos Los
Talleres Creativos Artísticos del Hospital Neuropsiquiátrico “Dr. A. Korn”
de Melchor Romero (1989-1998) funcionaron con un dispositivo básico que
consiste en la realización de un Taller Expresivo seguido de una reunión de
Grupo Operativo cuya tarea es la reflexión sobre lo producido. Los
Talleres Creativos Artísticos fueron cofundadores de la Red Argentina de Arte y
Salud mental, asociación que agrupa a todas las experiencias similares
desarrolladas en los psiquiátricos de la Argentina. La Red organiza los Festivales Latinoamericanos de Artistas Internados y Externados de Hospitales Psiquiátricos los cuales consisten en una experiencia única en el mundo que agrupa, durante 5 ó 6 días a aproximadamente 500 personas, de las cuales el 75 % son personas internadas. Las mismas comparten sus producciones artísticas y participan de actividades de tipo congresal. En contacto con el sufrimiento y las complicaciones que la enfermedad mental produce elaboramos estrategias que apunten a sostener las experiencias que se realizan en cada hospital del país e ir aprendiendo cómo “transformar la locura”. UN
VOLCÁN EN ERUPCIÓN Había
una vez en un país del sur un volcán que se cansó de callar. Los que estábamos
cerca nos asustamos y salimos corriendo, nos protegimos. Algunos
murieron, el paisaje cambió. Las
piedras quizás se transformen en flores. Los
paisajes se renuevan. ¿Por
qué digo quizás? Tengo que hacer, no tener miedo. Para
que cambie y nazca un paisaje nuevo algo tiene que morir y crecer con más
fuerza. Ojalá
sea con más fuerza como el maíz que cuando se entierra el grano muere, pero de
ahí sale una vaina con tres puntas. Cuando
pudimos mirar el paisaje esplendoroso, nos deslumbramos con las llamas
embravecidas. No
seguimos huyendo, nos tomamos de las manos para ver la lava. Los
grandes volcanes se convierten en hermosos lagos. Hay
que ver como reconstruir el pueblo. Los
sobrevivientes vieron la luz. Después
de muchos años pudieron navegar en el lago y salió el arco iris a pesar del
fuego. Habíamos
aprendido lo que era un volcán. A no asustarse y ayudar a la transformación.
Había que quedarse. Todos juntos podíamos lograrlo. El
impacto fue tan poderoso, como un símbolo de muerte y renacimiento (Creación
colectiva producida el 7/8/2001 en un Taller de Creatividad en ocasión de una
de las jornadas de lucha social que vienen recorriendo nuestro país. Dicho
Taller está dirigido por el Dr. Fidel Moccio y funciona en la Primera Escuela
Privada de Psicología Social fundada por Enrique Pichon-Rivière.) Fernando Fabris es Psicólogo y Psicólogo Social. Ha publicado recientemente Conversaciones con Fidel Moccio sobre creatividad. Psicoterapia, psicodrama, cuerpo, grupo, arte, expresión. |
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Martes, 13 de Mayo de 2008
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