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 Clínica pichoniana actual:

premisas, conceptos y perspectivas.[1]

Fernando Fabris [2]

 

Presentación 

Este trabajo de Fernando Fabris se incluye y a la vez es expresión de un movimiento que surge y se consolida en los últimos años. Sus integrantes se proponen como tarea, explorar y rescatar la dimensión clínica del pensamiento de Enrique Pichon-Rivière y la práctica terapéutica que la sustentara. Dimensión clínica y práctica terapéutica en las que debe reconocer su origen y fundamento el marco conceptual que Pichon-Rivière define como psicología social, desde una concepción de sujeto que complejiza el análisis, replanteando tanto los campos operacionales, como las modalidades de intervención.

Como lo señala Fabris – en un inteligente análisis que identifica los ejes de la producción teórica de Pichon-Rivière y su articulación interna, tanto en sus aspectos más conocidos, como en aquellos olvidados o negados-, a fines de la década del 70 el silencio y la ignorancia recayeron sobre la obra de un autor que pocos años antes fuera reconocido como el maestro de la psiquiatría argentina y latinoamericana, y a quien Jacques Lacan respetaba profundamente, y Henri Ey llamaba “mi gran hermano del sur”.

Pero, quizás, Enrique Pichon-Rivière estuvo marcado entre nosotros por el signo de la transgresión, por haber confrontado con el pensamiento psicoanalítico acerca del lugar determinante del orden social y particularmente de las “relaciones reales”, del hacer y del significar de los otros, del universo socio-histórico en la configuración del psiquismo, al que entiende como abierto al mundo, en el mundo, constituyéndose en, por y a través de su relación con otros.

Se hizo fácil negar su pensamiento bajo el mito de que Pichon no escribía, aunque más de tres tomos de su obra hoy muestren lo contrario, como quizá resulta fácil hoy alojar a la psicología social pichoniana en sus actuales desarrollos  en el universo de la sociología, desdeñando hasta qué punto el sujeto en su complejidad, en la articulación de sus múltiples dimensiones está en el centro de nuestra investigación, y lo está en términos de la dialéctica salud/enfermedad.

De allí, la particular importancia de este recorrer y desplegar la dimensión clínica de quien, en su hacer, nunca antagonizó su condición de psiquiatra  con la de psicólogo social, ya que había llegado a una por la otra, y conformaban en su pensamiento y en su práctica una unidad.

Me he referido a un movimiento, que surge y creo destinado a crecer, particularmente convocado por lo que hoy se despliega en la vida social, por la emergencia, por las necesidades apremiantes de respuesta, por el grado crítico de padecimiento  que transitamos millones de seres humanos. Movimiento que se configura porque sus integrantes encuentran en la obra de Enrique Pichon-Rivière, en su pensamiento, un camino de respuesta, y esto se da hoy en Buenos Aires, en Montevideo, en Rosario, Mendoza, Tucumán, Neuquén. Creemos que difundirlo en Temas de Psicología Social es una  manera de aportar a su crecimiento.  

Ana Pampliega de Quiroga.

  

Este artículo tiene por intención  retomar un debate acerca de la clínica pichoniana, sus fundamentos, sus conceptos teóricos centrales y su perspectiva actual  de desarrollo.  Con posterioridad a la muerte de Pichon-Rivière en 1977 y a pesar de las condiciones adversas que generaron la dictadura militar en la Argentina y el retroceso ideológico mundial que caracterizó a las décadas del 80 y del 90, la psicología social pudo continuar un vigoroso desarrollo en la mayoría de sus áreas debido fundamentalmente  al aporte sistemático y el papel de guía  de su más significativa discípula y continuadora, Ana P. de Quiroga. Sin embargo, desde esa fecha y tal vez  desde  algunos  años antes, el campo de  la clínica pichoniana sufrió cierta lentificación en cuanto a sus prácticas y casi una  detención en lo que hace a su despliegue teórico. 

Esta situación es, en parte,  consecuencia del predominio en el campo de la cultura del neoliberalismo pragmatista y su complemento, el posmodernismo escéptico y fragmentante. Los  llamados  “nuevos paradigmas”, apoyados en ambas corrientes político-culturales,  retrotrajeron el debate  y obstaculizaron en los últimos años el desarrollo de una psicología clínica social, histórica y concreta que durante los años 60 y 70 había logrado sentar sus bases, fundamentalmente a través del aporte del propio  Pichon-Rivière.    Por otro lado, en el campo de la clínica  pichoniana no hubo una figura de relevancia similar a la de Ana Quiroga que lograra, a pesar de las circunstancias ideológicas  adversas,  orientar las perpectivas y aportar a la necesaria tarea de construcción.   

En estos  últimos 25 años sin embargo,  otras corrientes psicoterapéuticas tuvieron un prolífico desarrollo. Esto puede observarse en las psicoterapias sistémicas, cognitivo-conductuales, psicoanalíticas, guestálticas, psiquiátricas, deleuzianas, etc.. Los aportes de estas líneas teóricas,  muchos de ellos valiosos, se basan sin embargo en premisas epistemológicas y teóricas  que Pichon-Rivière había, ya por entonces, cuestionado y superado.  

 En el contexto de la psicoterapia argentina actual aparece lejana la perspectiva integradora de José  Bleger (Psicología de la Conducta,  Psicoanálisis y dialéctica materialista)  y escamoteado o   desconocido el Pichon-Rivière de “Una nueva problemática para la Psiquiatría”, “Una teoría de la enfermedad”,  “Aportaciones a la didáctica de la psicología social”, etc..   

A pesar de que Pichon-Rivière produjo mucho más de lo que dejó escrito – como atestiguan sus discípulos- entiendo que su obra escrita es importante y constituye, visto desde hoy, la más significativa referencia con que contamos para retomar y desarrollar una clínica pichoniana. Hay un esfuerzo que no debe eludirse y es la lectura y estudio del conjunto de la obra escrita de Pichon-Rivière, aquélla  que comienza en 1934 y termina en 1977.  Por medio de esta lectura puede llegar a lograrse  una idea totalizante respecto de cómo y por qué planteó, en cada momento de su evolución teórica, cierta perspectiva clínica. (ver nota al final).     

Aportar elementos que estimulen y reabran el debate sobre los rasgos de identidad de la clínica pichoniana requiere de una tarea previa que es  situar las coordenadas definitorias del conjunto del aporte pichoniano, esto es los fundamentos  del   Esquema Conceptual Referencial Operativo  (ECRO):  

 

 Desde el punto de vista pichoniano:  

·        La estructura y proceso social,   y  sus dimensiones comunitarias, institucionales, organizacionales, grupales y vinculares, debe ser entendido como un factor interno, determinante de la configuración del mundo interno de los sujetos y desde allí de su conducta.  El orden social  da origen, determina la subjetividad y opera, vía internalización, desde el propio sujeto.  Como señala Pichon-Rivière, apoyándose en Marx, no hay nada en el hombre que no sea producto de la interacción de individuo, grupos y clases.   La complejidad y espesura propia del orden social  se conjuga en cada sujeto en forma específica y particular, esto quiere decir, de manera única e irrepetible ya que el proceso de internalización no es lineal o especular.  Nos referimos en este primer punto entonces,  a las fundamentales  nociones de sujeto situado, emergente y a la vez protagonista del vínculo y la historia.  

·        El psiquismo o mundo interno es un sistema abierto, cuya tendencia  inmanente y primaria es a la creatividad, la adaptación activa, el aprendizaje, esto es a la  transformación interna y con el contexto.  Esta tendencia general aparece sólo afectada seriamente en los casos más graves de enfermedad mental.

·        El sentido de la teoría debe ser la práctica, el logro de mayor salud mental en una comunidad concreta. A la vez, la práctica es ciega si no se apoya en una teoría pertinente. Por eso  Pichon-Rivière decía citando a Kurt Lewin que  “no hay nada más práctico que una buena teoría”.   La ciencia parte de nociones generales, tanto filosóficas como teóricas, en las cuales se apoya para, a partir de una  práctica específica, investigar y transformar un campo específico. En ese encuentro de teoría y práctica se produce un conocimiento que articulará lo general de la teoría  y lo particular de la práctica  para descubrir lo específico del proceso investigado (la contradicción particular). El proceso siguiente es estudiar el movimiento de lo específico desde el punto de vista del desarrollo concreto de cada proceso y en el marco de las condiciones externas de este desarrollo. La interrelación teoría/práctica es un rasgo de identidad de la teoría pichoniana e implica el trabajo de una actitud que no lleve a  perderse en el ping-pong de la pretarea. Una concepción dialéctica de la relación teoría/práctica es uno de los  requisitos de una actitud científica que eluda dos formas habituales de esterilidad:  la generalización excesiva propia del dogma y   el empirismo estrecho, es decir el del saber particular no articulado teóricamente.  

·        La Psicología Social  y por inclusión la psicología social clínica debe aportar a la salud popular y nutrirse de las actividades sociales, particularmente las luchas populares, que al decir de Ana P. de Quiroga, gestan desde sus prácticas sociales y  políticas, procesos de recuperación, defensa y promoción de la salud   tanto como de prevención de la enfermedad.  

 

El concepto de salud mental  y la tríada operacional sujeto/conducta/situación. 

Pichon-Rivière señala en el Prólogo a El Proceso Grupal que la trayectoria de su tarea puede describirse como “la indagación de la estructura y sentido de la conducta, en la que surgió el descubrimiento de su índole social...”. Agrega que    abordó sistemáticamente  la investigación del papel de la tristeza desde una comprensión de la conducta como una “totalidad en evolución dialéctica”.  

   Para Pichon-Rivière  “El sujeto es sano en la medida en que aprehende la realidad en una perspectiva integradora, en sucesivas tentativas de totalización, y tiene capacidad para transformarla modificándose, a su vez, él mismo. El sujeto es sano en la medida en que mantiene un interjuego dialéctico con el medio y no una relación pasiva, rígida y estereotipada.” (subrayado del autor). 

Estas significativas definiciones,   coherentes con la concepción del sujeto que fundamenta su perspectiva, son  un punto de partida insoslayable de la clínica de fundamentación pichoniana. Desde el punto de vista de la operación terapéutica  se nos presenta una tríada conceptual de primer orden: la interrelación sujeto-conducta-situación.  

Situados en la escena clínica partimos de comprender y evaluar la pertinencia o no de una conducta, siempre con relación a la situación en la que se da. No hay aspecto del mundo interno del sujeto que no tenga un nexo interno con un vínculo y por lo tanto un otro, actual o pasado. Esta consideración tiene importantes consecuencias prácticas ya que la indagación psicológica se focalizará no sólo en la comprensión de  una modalidad de funcionamiento intrapsíquico sino también en la relación de esta dramática interna con la dramática externa.                              

 Desde ya, que el proyecto de cambio terapéutico en la psicoterapia de un sujeto se dirigirá principalmente a la modificación del propio sujeto (tanto su “perspectiva” como sus “conductas”)  sin embargo,  la consideración vincular, por oposición a una comprensión abstracta e individualista, ampliará notablemente la capacidad de comprensión y  operación terapéutica. El análisis sistemático de los vínculos (reales e internalizados)  y eventuales entrevistas vinculares  en la que se incluyen en la terapia a  otros significativos del paciente,  acelerará el proceso terapéutico y permitirá la modificación de aspectos intrasubjetivos de otra manera difícilmente modificables. Este hecho, que constata la práctica clínica diaria, muestra la eficacia de la acción del otro concreto, real en la configuración del mundo interno. Procesos internos como la elaboración de la ambivalencia, la desidealización de las figuras parentales, la elaboración de la situación triangular básica, el logro de un sentimiento de identidad y un proyecto propio, son particularmente favorecidos por un contexto vincular que juega como facilitador, a lo que la terapia puede ayudar mucho. No hay elaboración intrapsíquica que no se juegue en la cancha de la escena cotidiana, familiar, laboral, social. El mundo interno del sujeto se externaliza permanentemente en sus vicisitudes cotidianas. La estructura y dinámica del mundo interno se hace visible por  su externalización y desde el punto de vista pichoniano  tiene su génesis en las experiencias concretas del sujeto, en su  tránsito   por una historia vincular y social.  

Cuando nos referimos al concepto de  situación hacemos referencia al conjunto de relaciones y significaciones que hacen al escenario de experiencias del sujeto. Esto incluye tanto  los aspectos más inmediatos del entorno como los más mediatos, es decir al contexto social general que siempre está presente y operante, aún en lo que consideramos como más inalienable y propio. La dialéctica de los hechos muestra que en lo más íntimo está lo social  y que lo social conlleva también  lo más íntimo, es decir  la escena interna, los avatares sensoriales y emocionales de la dramática interna de los sujetos, dramática en la que se pone en juego la fantasía inconsciente comprendida como una estrategia inconsciente de satisfacción de una necesidad. 

Hablamos del sujeto y de la situación. El  tercer término de la tríada clínica-operacional es como dijimos la conducta. La conducta, esto es las operaciones materiales y simbólicas de los sujetos en una situación dada, es la forma en que  el sujeto mismo se presenta. Conducta es acción, tanto a nivel práctico como simbólico. Las conductas son un emergente de la relación del sujeto con  una situación concreta. Dialécticamente, la relación del sujeto con la situación es también una conducta. La conducta es el  tercer término que condensa en cada aquí y ahora las determinaciones subjetivas y objetivas de la situación. La conducta no es el sujeto sino más bien es el sujeto en ese  espacio-tiempo. La conducta es una estructura, una unidad múltiple y es estructurante en el sentido de que la acción  crea al sujeto, sujeto que es sin embargo  protagonista, crítico o alienado, de la misma. La conducta, es por lo ya dicho, situacional, motivada, direccional, significativa, histórica, concreta.     

 

 La estructura de necesidades del sujeto 

  Pichon-Rivière propone el concepto de necesidad como alternativo al concepto psicoanalítico de pulsión y al de deseo.  

El concepto de necesidad tiene una profunda significación ya que situando al  sujeto en su intrínseca concretud y materialidad subraya a la vez,  el carácter esencialmente activo,  prospectivo, creativo del mismo.   Pichon-Rivière opone el concepto de necesidad al   concepto psicoanalítico de deseo,  en tanto éste es  definido metafísicamente por Freud y sus seguidores como  un movimiento por esencia regresivo, cuyo sentido es la búsqueda infructuosa de un objeto inhallable, perdido o ausente estructuralmente.  Desde esta concepción  del deseo la relación del sujeto con la situación es subestimada en tanto tiende a ser tomada como simple mediación de los fines internos del sujeto, sus pulsiones y deseos. Los otros aparecen así, en última instancia, como una contingencia cuyo sentido es ser objetos de la satisfacción pulsional del sujeto.  La noción psicoanalítica  de deseo, si bien subraya la existencia de un grado de libertad subjetiva, induce a tomar la realidad externa como una entidad de  segundo orden, como simple pantalla proyectiva. Por ese motivo  niega  la  eficacia configurante del otro concreto  y la situación sobre el sujeto y por lo tanto se escamotean las condiciones reales de esa libertad subjetiva.  

La necesidad, o más bien lo que podríamos definir como la estructura y dinámica de las  necesidades del sujeto - subrayando así el hecho evidente de la multiplicidad de necesidades que coexisten en unidad y contradicción en cada persona-   son el fundamento motivacional del vínculo. Las necesidades dan fundamento y originan el vínculo y a la vez son emergentes de él. Como señala  Ana P. de Quiroga la necesidad no es una “ultima ratio” del movimiento del psiquismo, reiteramos, es  fundamento y causa del movimiento del psiquismo y la conducta aunque también, dialécticamente , emergente y consecuencia de la relación del sujeto con el mundo. Por ello hablar de “estructura de necesidades”, entendiéndolas plurales, aparece como una forma de quitarle el carácter excesivamente generalizador, reificado y fetichista   que en ocasiones  el concepto de necesidad adquiere.  

Las necesidades (subjetivas, corporales, sociales)  pueden ser  registradas o  negadas por el sujeto y su grupo mediato e inmediato. Son manipuladas, codificadas, creadas  y orientadas desde un orden social concreto.  

Haciendo abstracción de las particularidades que adquieren la necesidades humanas en cada orden social y momento histórico y desde el punto de vista de una psicología social clínica podemos mencionar como ejemplos de necesidades      las de susbsistencia y autoconservación, las de dependencia (no soledad), autonomía (no indiscriminación), seguridad básica e identidad , sexuales y eróticas,   reparación y trascendencia, la de  ser querido, protegido y aceptado por los otros  internos  y  externos, la de comunicación y entendimiento, las de cambio y no cambio relativo (identidad), las de identificación y alteridad.  Tal vez, en última instancia podrían incluirse todas estas necesidades  en tres grupos básicos.   

Necesidades de:

a)                 Autoconservación y seguridad                   

b)                 Emocionales

c)                 De desarrollo y realización  personal y social   

No incluyo en esta lista las necesidades de  agresión  y  la autodestructividad  ya que las considero en consonancia con el pensamiento pichoniano como no primarias sino  secundarias a la  frustración y la escasez. La agresión y la autoagresión más que pulsiones ó tendencias fundamentales que explicarían algunas conductas son  conductas  emergentes  que  es necesario explicar a través de  la comprensión de complejos procesos psíquicos derivados de la frustración de las necesidades fundamentales.  

El conflicto psíquico tiene por fundamento la contradicción de necesidades así como las complejas interrelaciones que las necesidades establecen con las ansiedades básicas (miedo a la pérdida y al ataque) y los procesos elaborativos. La necesidad, fundamento de la subjetividad es como dijimos, a la vez, emergente de la relación con el mundo.  El “simple” hecho de alimentarse y registrar el hambre puede presentar severas perturbaciones que tienen su fundamento en procesos vinculares y simbólicos, en la especie humana el “hambre” psicológico pude desplazarse como “hambre” corporal. 

 

 Mundo interno o grupo interno.  

La noción  de mundo interno o grupo interno en tanto remite a la dimensión representacional le da especificidad a nuestro campo en tanto perteneciente a una psicología (social).  Nuestra concepción del mundo interno, particularmente desde el punto de vista de la tarea clínica, requiere desarrollos tanto conceptuales como operacionales. Necesitamos crear categorías de diagnóstico de salud y enfermedad, multidimensionales, estructurales y situacionales, que tengan base en la dinámica interna de ese mundo interno y su interrelación con el mundo externo.  

El concepto de mundo interno es fundamental  y  refiere no sólo a la inscripción de la experiencia sino al proceso de atribución de significaciones por parte del sujeto. El sujeto no es un mero efecto de una estructura sino que es un sujeto protagonista, activo como lo hace visible  la concepción pichoniana del  Self como “núcleo del Yo” y “estratega” de la conducta a través  de la proyección de vínculos y objetos en las distintas áreas  de representación de la conducta.   

Nuestra psicología (social)  es injustamente  acusada de escamotear la dimensión intrapsíquica y tener una caída hacia la sociología en perjuicio de lo psicológico.  

Nuestra perspectiva clínica  no escamotea el papel de  las representaciones, fantasías,  mecanismos y necesidades regresivas  pero no   focaliza lo subjetivo en forma unilateral escotomizando  el papel de las relaciones sociales-vinculares, desdibujando así la dialéctica fundante sujeto-mundo. La psicología social clínica considera al otro concreto – y no sólo simbólico – como co-determinante de la conducta del sujeto en tanto, ese otro   se mueve, de hecho, hacia la gratificación o la frustración.   

La indagación operativa de la estructuración psíquica hace visible la coexistencia   de diferentes espacios y tiempos cronológicos y lógicos  en el mundo interno de los sujetos.

Los contenidos y significaciones de ese  mundo interno  son escenarios del conflicto psíquico, conflicto  que alude, a la vez, a los  matices contradictorios  de la situación referida en la representación simbólica.

Cada aquí/ahora de la situación presente, desde cada uno de sus matices contradictorios,  evoca y convoca  representaciones vinculadas a  momentos históricos personales y sociales específicos, caracterizados a su vez por rasgos opuestos que constituyen su unidad. Por no ser directa la relación del sujeto con el mundo, por existir la  mediación representacional, estrechamente vinculada a la práctica del sujeto, es que la crisis social no es linealmente crisis del sujeto. La crisis social tiene efectos ineludibles en las personas , aunque es sólo la condición de la crisis subjetiva. La crisis social plantea al sujeto el desafío de la elaboración subjetiva del existente y la planificación, en cada aquí y ahora, de la esperanza o proyecto.  

 Los efectos de ruptura, sorpresa, subversión observables  en la conducta humana no son en nuestra teoría efectos de la acción de un sistema inconsciente sino rasgos inherentes a la subjetividad humana, comprendida como estructurada y estructurante, unidad de lo múltiple intrínsecamente creativa. La tendencia  de lo psíquico  a la creatividad, al desequilibrio y al cambio corresponde al psiquismo como un todo, uno y múltiple a la vez.  La resolución dialéctica de contradicciones y obstáculos se constata por la emergencia de cualidades nuevas, contenidos  novedosos,  en un proceso espiralado que se detiene situacionalmente sólo en caso de existir obstáculos significativos y/o severas patologías mentales.   

En la clínica pichoniana la escena interna (por lo general implícita e inconsciente) se  interpreta en la medida que se constituye como obstáculo. Por ello el punto de partida teórico y técnico es analizar la operatividad de la conducta entendida  como movimiento totalizador, la multidimensionalidad o unilateralidad de su despliegue, el avance o no del esclarecimiento. Para “diagnosticar” esta operatividad  es necesario  visualizar la operatoria de los procesos inconscientes propios de la escena interna en su unidad y contradicción con los procesos de la escena externa. Los signos de superposición e interferencia entre ambos aspectos, propios de ciertos procesos transferenciales, son interpretados, lo que apunta a aumentar la capacidad de autognosis y el desbloqueo de la potencialidad creativa del sujeto. 

El sujeto habla desde su escena interna    y como lo demuestra la experiencia clínica es la vez “hablado” por la misma. Es un interprete de su escena a la vez que un efecto de la misma. Es el protagonista y también en ocasiones el oponente y/o  ayudante de las imágenes y significados que emergen en su interior. Esta experiencia genera  muchas veces  la gratificante sorpresa del descubrimiento y otras el  inquietante extrañamiento propia del encuentro con lo siniestro.    

El aspecto más regresivo de la escena interna es el  vinculado al grupo primario internalizado (“la familia” según Ronald Laing) íntimamente relacionado a las vivencias más internas del propio cuerpo. Cuerpo y grupo son lugares privilegiados de sostén  y de no sostén. Desde esas alternativas de presencia o ausencia, por su carácter de encuadre interno,  dan soporte a la identidad y/o amenazan arrojar al sujeto al colapso.  

 Los aspectos menos regresivos de la escena interna refieren a experiencias posteriores,  vinculadas a los  grupos secundarios por los que transitó el sujeto. Por lo general, estos se presentan en la forma de simbolizaciones más discriminadas.  Desde el punto de vista clínico la salud está más bien del lado de la  posibilidad de relacionar y diferenciar los apegos primarios y secundarios, proceso que requiere de un grado aceptable de elaboración de la situación triangular básica (Complejo de Edipo).  

A través de un pasaje exitoso por esta experiencia emocional que se comienza a desarrollar en la primer  infancia   (“no hay dos sin tres”) es que aprendemos que excluir a otro en forma temporal  no es necesariamente “dañarlo o destruirlo”, y  que ser excluido es una situación que puede ser tolerada.  Esta situación triangular, sobre todo su desenvolvimiento durante el primer año de vida, da por resultado un logro esencial para la salud del sujeto, la posibilidad de tolerar la contradicción y la ambivalencia. Desde este logro es que se hace posible percibir al otro como otro diferenciado y no un apéndice de la propia necesidad  o por lo contrario un extraño.   

 La elaboración de la situación triangular básica implica también la desidealización de las figuras parentales o sus sustitutos y un grado aceptable de  desarticulación de la escena narcisística protectora aunque paralizante.  La parcialización del sujeto propia de la pretarea, en la que se siente extrañado de sí,  se transforma en contacto consigo, autognosis y emergencia de una significación más plena (integración del pensar, sentir y actuar así como de las áreas de la mente, el cuerpo y el mundo).  

La sobrevivencia de lo “infantil”  y “loco” en la escena interna del adulto y en su misma conducta tiene base en la ontogenia, en el historia del propio sujeto,  así como en el sistema de relaciones sociales actuales que desde su alienación intrínseca, desde sus “fracturas” (Ulloa),  permanentemente convoca y produce procesos regresivos, disociados, siniestros y mágicos. [3] 

 

Lo inconsciente, lo siniestro y la instrumentalidad del yo 

Pichon-Rivière  siempre concibió la noción  freudiana de lo inconsciente como un aporte valioso.  Le daba a ese concepto una significación distinta a la que le daba Freud en tanto se refería  a  lo inconsciente, es decir, a una cualidad de lo psíquico  y no a el  inconsciente,  ya que no lo consideraba una  instancia psíquica.  Por otro lado, consideró a lo consciente y al  Yo como teniendo una posibilidad de autonomía  mayor a la que  había considerado Freud (Angel Fiasché).  Su idea de un yo instrumental no implicó una adhesión a la Psicología del Yo, psicología que planteaba la existencia de un “área libre de conflictos”. Pichon-Rivière no suscribió, sino que, por lo contrario, polemizó con este concepto ya que la Psicología del Yo  negaba al conflicto como inherente a todo  funcionamiento psíquico, normal o patológico. La idea de conflicto psíquico es un aporte fundamental de Freud que Pichon-Rivière toma e incluye en su esquema conceptual. Los conflictos y contradicciones intrapsíquicas, así como, las que tiene el sujeto con el mundo son la causa de la conducta, entendida ésta como conjunto de operaciones materiales y simbólicas por las que un sujeto en situación intenta resolver las contradicciones internas y con el medio.   

            El concepto pichoniano de adaptación activa y el énfasis que este concepto  pone en el carácter instrumental y situacional de las técnicas del yo no significó nunca una concepción adaptacionista y superficial. Este  concepto,  por lo contrario, apunta  a subrayar la complejidad de la relación del hombre con  el  mundo e incluye  otra dialéctica, la del sujeto con sus propios núcleos regresivos  ante los cuales establece mecanismos más o menos instrumentales y  operativos. 

Pichon-Rivière piensa al sujeto como teniendo un  diálogo permanente con sus propios fantasmas y su propia historia. La relación con lo extraño y lo siniestro es por ello omnipresente en la obra pichoniana y puede ser  considerada parte del devenir normal de la subjetividad. Los aspectos no resueltos, no simbolizados o que resultan psicológicamente intolerables pueden depositarse en el área corporal y/o convocar defensas psíquicas rígidas y estereotipadas. En casos extremos de patología  “el sujeto es una burla de sí, su ‘negativo’. Le falta la revelación de sí mismo, su denominación como hombre. La situación se le presenta con un dejo de extrañeza y es esa extrañeza la que lo desespera, acudiendo para sobrellevarla a comportamientos extraños a él como sujeto, pero afines con él como hombre alienado”.[4]  

            Lo siniestro está en última instancia vinculado a las experiencias de pérdida no elaboradas y a la falla situacional de defensas rígidas, establecidas con anterioridad. Sin embargo la intensidad de la experiencia emocional de lo siniestro, así como, otras formas de contacto con la “falta” o “ausencia” no tiene una magnitud ahistórica y esencial sino  más bien está  vinculada a la internalización de un orden social alienado y alienante. 

  En función de estas consideraciones el descentramiento del sujeto respecto de la conciencia que plantea el psicoanálisis debe ser reubicado en un término más abarcativo: el descentramiento del sujeto, en tanto, no principio y fin de la comprensión psicológica sino más bien como uno de los términos de una dialéctica indivisible tanto en la salud como en la enfermedad, la del sujeto y el mundo. Por este motivo para comprender lo más subjetivo es necesario estudiar y comprender las relaciones reales en las que su existencia ocurre. El sujeto está descentrado de su conciencia por la operación de mecanismos defensivos que tienen su fundamento último en la internalización de un orden social alienado. Lo inconsciente es lo inconsciente histórico-social. El contenido de lo inconsciente son tanto los fantasmas o fantasías inconscientes como las ideologías, que tienen su manifestación específica en las matrices de aprendizaje y vínculo[5].   

 

Núcleo patogenético central y situación depresiva básica 

La idea de Núcleo Patogenético Central es otra hipótesis fuerte de la clínica pichoniana que  mantiene su validez también respecto de las patologías actuales predominantes.  

Su sentido fundamental es plantear que los diversos cuadros psicopatológicos  son intentos de desprendimiento, elaboraciones fallidas de un mismo núcleo central  patogenético, de naturaleza depresiva.  En el proceso de enfermar las  ansiedades que genera este núcleo son ansiedades psicóticas.  Esto se hace visible por la intensidad de las mismas, por la vivencia de catástrofe implicada y por los mecanismos arcaicos con los que intenta defenderse el sujeto.

La enfermedad mental es un proceso que implica cierto grado de ruptura de la dialéctica mundo interno/mundo externo en términos de alteración de la comunicación y el aprendizaje. Desde el punto de vista del  sujeto, de sus contradicciones internas, la acción del núcleo patogenético central es la causa más determinante de esa ruptura.  Esto significa que la dificultad que presenta  en su relación con la realidad externa  y consigo mismo es derivada de un grado de sufrimiento que se le hace, situacionalmente, intolerable e inelaborable. Por ello emerge el proceso patológico que debe entenderse como una estrategia fallida (e inconsciente) de preservación de sí (“preservar lo bueno, controlar lo malo”).  

Al señalar la alta significación estructural que tiene la acción del núcleo patogenético no queremos decir que la conducta patológica dependa de un factor “simple”. El núcleo patogenético tiene una estructura en sí misma compleja y además para constituirse depende de la concurrencia de una multiplicidad de factores.  

 El análisis de un sujeto que enferma muestra que la aparición de una neurosis o psicosis y la constitución del correspondiente núcleo patogenético central  emerge de un proceso complejo (Principio de policausalidad). El proceso tiene sus causas en la historia del sujeto por lo que  podríamos decir que el factor  disposicional se viene “preparando”. La suma de pérdidas no elaboradas o insuficientemente elaboradas constituyen el contenido de este factor. Para  eludir esta elaboración el sujeto recurrió  al uso de mecanismos del yo, que  por su función predominantemente defensiva presentan un grado de rigidez y estereotipia significativa. Los mecanismos defensivos “frenaron” la ansiedad vinculada a la pérdida pero a costa de la ruptura o deterioro de la relación con  aspectos de la realidad y de sí mismo.  Por ello, cada  elaboración fallida de las situaciones de crisis  y pérdida  aumenta el grado de la disposición a la enfermedad. El sujeto presenta entonces  mayor cantidad de aspectos no elaborados producto de la evitación de la Situación Depresiva Básica. Su  enfrentamiento hubiese implicado un  conflicto básico, el de la ambivalencia, esto es la asunción de la contradicción amor/odio en el seno de los vínculos emocionalmente más significativos. Evitar este conflicto implicó el no haber podido  entrar  conscientemente  en contacto con la ambivalencia. En su escena interna el sujeto se encuentra atrapado en un vínculo divalente con objetos idealizados, tanto buenos como malos (esto es, unilateralmente valorados).  Todo proceso de cura requiere la reaparición del dolor vinculado a la pérdida, la desidealización de las figuras primarias (los padres, hermanos, etc.) y la asunción de la ambivalencia y contradicción en los vínculos.  

Puse el  acento hasta aquí en los factores  de predisposición a la enfermedad mental.  Sin embargo es necesario subrayar que  el proceso de enfermar es siempre desencadenado por una situación actual de frustración o pérdida que sucede en un contexto de inexistencia o insuficiencia  de sostenes vinculares.   Las condiciones externas frustrantes (la inexistencia o insuficiencia de sostenes) se articulan con aquellos  aspectos no elaborados. Se desencadena así, un proceso regresivo -depresión regresional- que va a conducir a un  manifiesto proceso de enfermedad.  Los  aspectos no elaborados y  un grado elevado de intolerancia a la ambivalencia, al que ya nos referimos, son los factores disposicionales del proceso. En el desencadenamiento del proceso patológico  lo que fue  siendo acumulación  de aspectos no elaborados de la situación depresiva básica se transforma a través de un salto cualitativo en un emergente patológico: se constituye entonces, el núcleo patogenético central y la conducta del sujeto muestra signos de ruptura de la dialéctica intrasistémica e intersistémica, esto es, de la relación con el mundo externo y consigo mismo.  

Al ponerse en juego este proceso patológico, que conlleva el fracaso de las defensas y mecanismos más instrumentales del sujeto, lo principal de la actividad psíquica pasa a estar orientado por la acción del núcleo patogenético.  La pérdida o frustración que desencadenó el proceso de crisis se inscribe entonces, a través de un devenir  no lineal sino metamorfoseándose por acción de la fantasía inconsciente, como escena interna de destrucción, movilizando entonces las ansiedades más primarias de indefensión (psicóticas). Esta vivencia que Pichon-Rivière describe como de “catástrofe depresiva” capta la actividad del sujeto quien impotentizado y con el intento de defenderse de la ansiedad, recurrirá a semi-conductas, características de la pretarea. Estas conductas tienen,  casi absolutamente, un  sentido defensivo por lo que tenderá a estabilizarse un proceso patológico   a través de una  neurosis o una  psicosis;  se generará así un circulo vicioso difícil de romper.   

La posibilidad de apertura de ese círculo, es decir el desarrollo de un nuevo proceso dialéctico en espiral, podrá inferirse cuando se comiencen a observar, por la acción del proceso terapéutico, la reaparición de procesos de elaboración de la ambivalencia, de   reconfiguración de los apoyos y la superación de inhibiciones o parcializaciones del pensamiento, la emoción, la fantasía y la acción.

  

Problemáticas clínicas, teóricas y técnicas.  

Desde el punto de vista del desarrollo y actualización de la psicología clínica pichoniana tenemos varios puntos de urgencia. Me referiré a algunos de ellos.  

Uno es el del diagnóstico, es decir el desarrollo y actualización de los diagnósticos psicopatológicos.  Por supuesto, que junto con esto y por la perspectiva dialéctica implicada en la teoría pichoniana es necesario desarrollar el diagnóstico no sólo de enfermedad sino de salud. El diagnóstico debe apuntar a construir criterios que subrayen lo  más significativo desde el punto de vista del conflicto del sujeto y su relación con el contexto, tanto en el campo sintomático como en el de la  estructura de vínculos externos e internos.  

 Hoy, habitualmente, se oscila entre consideraciones meramente estructurales,  por ejemplo, al hablar de  neurosis, histeria, cuadros bordeline, etc., que en muchas ocasiones generalizan excesivamente y  por lo tanto parcializan la complejidad de la problemática de los sujetos;  y consideraciones meramente sintomáticas, como por ejemplo, trastornos de ansiedad, depresión, trastornos de alimentación, que también tienden a parcializar  esa problemática. Ambas perspectivas,  la estructural (psicoanalítica)  y la sintomática (psiquiátrica y/o cognitivo-conductual),  son innegablemente útiles con relación a ciertas cuestiones prácticas pero  en última instancia tienden a referirse a sujetos abstractos y aislados. Por eso constituyen un obstáculo respecto de la comprensión multidimensional de las conducta de los sujetos y  la delimitación de lo que en cada aquí/ahora/conmigo  del tratamiento   constituye el punto de urgencia, es decir la contradicción principal que debe, y no puede por presencia del obstáculo,  resolverse en una situación dada.   

Con relación a la problemática del diagnóstico estructural, multidimensional y situacional son  nociones a desarrollar y explorar las de foco terapéutico, situación actual conflictiva, núcleo problemático actual, punto de urgencia, etc.. Estas nociones refieren a uno de los problemas más complejos desde el punto de vista práctico  y  epistemológico: el de la delimitación de la unidad situacional de lo múltiple, esto es el punto de urgencia o contradicción principal de  cada aquí/ahora de la situación clínica. La aprehensión de la particularidad y especificidad implicada en cada momento del desarrollo de un proceso terapéutico es una de las cuestiones más difíciles de la clínica. Requiere la capacidad terapéutica de contención  y sobre todo de desciframiento. Estas capacidades facilitan un logro estratégica y tácticamente  indispensable, el de saber el lugar donde le “duele” al paciente. Un rico y flexible manejo de lo general de la teoría  y lo particular de la situación clínica específica, junto a una importante capacidad de empatía con el paciente, aportarán a que la práctica clínica logre abordar al sujeto en toda su multidimensionalidad sin por ello escamotear el contacto con  la profundidad que en cada aquí y ahora debe ser esclarecida.  

Otro tema teórico necesitado de desarrollo  lo constituyen las patologías actuales entendidas como aquéllas que tienen como rasgos básicos comunes la  fragmentación subjetiva y vincular, la fragilidad yoica y la vivencia de  vulnerabilidad en la interacción.  Esclarecer la estructura interna de las mismas y el contexto vincular de la que son emergentes implica, por extensión, el estudio del inmenso daño psicológico causado por el actual orden social, así como las formas colectivas e individuales de reparación  y elaboración de este daño.  

La estructura que presentan las patologías actuales (fragmentación, fragilidad, vulnerabilidad) actualizan el debate sobre una problemática técnica: el de la relación del sostén y el no sostén en el proceso terapéutico. Me refiero al sostén que genera el terapeuta  cuando acciona desde un lugar más presente cuyo objetivo es más bien confirmar el despliegue de un proceso elaborativo, y cuando por lo contrario acciona desde un lugar más “ausente”, más “prescindente”  apuntando a favorecer  el despliegue y sobre todo la profundización de las contradicciones del sujeto . Entiendo que desde el punto de vista pichoniano la lectura del terapeuta se focaliza a veces simultáneamente y otras veces alternadamente en las dimensiones progresivas y regresivas de la situación clínica,  así como, en las significaciones emergentes consideradas desde el punto de vista del pasado, del presente y del proyecto (futuro). Las supuestas diferencias entre un encuadre terapéutico y un encuadre operativo son desde un punto de vista pichoniano más bien tácticas y no estratégicas.  

 Otro tema necesitado de desarrollo es el de la implementación de  recursos expresivos y creativos  en el marco de la terapia. También lo es el de una  compresión más profunda de la dimensión corporal, tanto en lo referido a las somatizaciones, como al rico y complejo código expresivo propio del área dos: las sensaciones y percepciones corporales, el esquema y la  imagen del cuerpo. Es decir el cuerpo en la representación y  el cuerpo expresivo y vincular.  

Es indispensable y constitutivo del campo de la clínica psicoterapéutica el conocimiento de las tramas y vicisitudes de la cotidianidad, de sus procesos a veces muy variables, cambiantes. Las  rápidas desestructuraciones y reestructuraciones de la  cotidianidad se asientan  en un proceso histórico-social  más general que de no ser comprendido hace  casi imposible evaluar pertinentemente conducta alguna.   

Son muchos los temas aludidos y abordados en este trabajo. A la vez, constituyen una pequeña parte de los desafíos que nos plantea una clínica pichoniana actual. Espero que este trabajo estimule un debate y ayude a reabrir la problemática planteada. Esta temática importa principalmente a quienes trabajamos en el campo clínico, a quienes nos definimos como psicólogos sociales clínicos o como psicoterapeutas pichonianos. Sin embargo, competen  a un universo más amplio, al conjunto de los trabajadores de la salud mental abocados al campo de la asistencia como  al de la prevención y promoción de la salud. Tenemos por delante un importante desafío.  

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 Nota:

Es  importante tener en cuenta que una comprensión adecuada del ECRO debe partir  del punto de mayor desarrollo del mismo. El punto de llegada de la obra pichoniana, se produce entre mediados de la década del 60 y 1977. Lo que para Pichon-Rivière fue un punto de llegada debe constituir para nosotros un punto de partida. En esta última etapa, de madurez teórica, Pichon-Rivière confirma y precisa la perspectiva social que venía desarrollando durante el período de transición previo  (inicio de los 50 a mediados de los 60) en el cual ya viene elaborando prácticas y  conceptos que lo llevarán a definir una nueva perspectiva, un pasaje desde el psicoanálisis a la psicología social.  En el marco de esa transición   acuña y elabora desde su perspectiva conceptos como vínculo, espiral dialéctica, portavoz y grupo que le permitirán  realizar un salto cualitativo a mediados de la década del 60. Será en este momento que explicitará reiteradamente su perspectiva filosófico-epistemológica: el materialismo dialéctico e histórico.   Partir y fundamentarse en el período de madurez de la obra pichoniana no implica excluir los aportes previos, que es fundamental rescatar aunque situarlos desde el punto de vista de la historia de su producción histórica.  

 Los textos  del último período que pueden considerarse fundamentales desde el punto de vista de la clínica son: "Una nueva problemática para la psiquiatría" (1967), "Una teoría de la enfermedad" (1970) “Prólogo” (1971), “Aportaciones a la didáctica de la psicología social” (1972), todos en El Proceso Grupal. “Del Psicoanálisis a la Psicología Social” , Ficha Ediciones Cinco, 1972, Octubre; “Instituciones de Salud Mental. Contesta Enrique Pichon-Riviere”, Revista Los Libros de Marzo-Abril 1974; “Entrevista E. Pichon-Riviere-Jacques Lacan”.  Respuesta de Pichon-Riviere a un cuestionario de la Revista Actualidad Psicológica Nº12, sobre Jacques Lacan, 1975, Diciembre;  "Freud: arte y cultura" Revista Crisis, 1976, Marzo.

De los textos anteriores a ese período que deben ser tomados teniendo en cuenta que corresponden a un período de búsqueda y  transición, período en el cual Pichon-Rivière ya no es un psicoanalista y sin embargo no es aún un psicólogo social, en el sentido de fundar una perspectiva propia, pueden considerarse fundamentales los siguientes: “Comentario final al libro de Franco Di Segni, Hacia la pintura”, 1955.  El Proceso Creador.   Teoría del Vínculo (1956);  "Esquema corporal", 1959, La Psiquiatría, una nueva problemática; “La Noción de Tarea en Psiquiatría”, 1964,   El Proceso Grupal; “Grupos operativo y enfermedad única”, 1965,  El Proceso Grupal.

Los aportes realizados por Pichon-Riviere entre 1934 y 1951 son objeto de un estudio en curso. 

 

[1] Artículo  realizado en base a las ideas expuestas por el autor en el Panel de Clínica Pichoniana de las 4º Jornadas de Homenaje a Enrique Pichon-Rivière y  2º Jornadas Latinoamericanas de Psicología Social organizadas por la Primera Escuela Privada de Psicología Social fundada  por Enrique Pichon-Rivière (Octubre de 2000).

[2] Psicólogo, Psicólogo Social y Coordinador de Grupos de Creatividad. Director de www.espiraldialectica.com.ar ; E- mail: fernandofabris@datamarkets.com.ar

[3] Al abordar ciertos temas como el del mundo interno y los  procesos inconscientes inevitablemente se reabre y actualiza  un debate que ya lleva varias décadas: el de la relación entre la psicología social pichoniana y la teoría psicoanalítica. Me parece importante subrayar que la    crítica de Pichon-Rivière  al psicoanálisis no fue principalmente a las instituciones donde éste se desarrollaba – con las que tuvo innumerables polémicas y de la cual fue marginado - sino que fue al propio cuerpo teórico psicoanalítico. Pichon-Rivière tuvo incluso posturas diferenciadas respecto  de movimientos como Plataforma y Documento  cuyos cuestionamientos no fueron centralmente a la teoría psicoanalítica. Estos movimientos cuestionaban la organización elitista y autocrática de las instituciones psicoanalíticas (tanto la APA como la IPA) pero no las premisas teóricas en que se sustentaban. Estos movimientos llegaron a postular  una articulación del psicoanálisis con el marxismo, aunque el mismo era realizado desde una perspectiva ecléctica. Pichon-Rivière explicitó en un artículo del año 1972 (Pichon-Rivière- Ana Quiroga. "Del Psicoanalisis a la Psicología Social", Octubre 1972. Publicado en la Revista Actualidad Psicológica. Año 12, N° 133,  1987) que la tarea necesitada era la de crear una perspectiva teórica nueva que desde las premisas del materialismo dialéctico e histórico realice una intervención crítica en el cuerpo teórico psicoanalítico, separando lo verdadero de lo erróneo.   

[4] Pichon-Riviere. La noción de tarea en psiquiatría en El Proceso Grupal (pag. 34). Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires, 1985.

[5] Matrices de Aprendizaje y Vínculo. Concepto propuesto y desarrollado por Ana Quiroga. (Ver Matrices de Aprendizaje. Constitución del sujeto en el proceso de conocimiento. Ediciones Cinco, Buenos Aires, 1991)


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