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“Hay
conciencia de un nuevo poder” |
ANA
QUIROGA,
PSICOLOGA SOCIAL
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- Buenos Aires-Argentina, 24 Marzo 2002
La
directora de la Escuela de Psicología Social lleva 14 años estudiando lo que
llama la nueva dinámica social que generaron los saqueos, los piquetes y las
asambleas barriales. Un recorrido fascinante sobre modelos alternativos de poder
y la resonancia internacional de fenómenos que parecen estrictamente
argentinos.
Por
Laura Vales
Ana Quiroga
lleva más de catorce años estudiando el tema de la crisis y las conductas
sociales gestadas alrededor de los procesos de crisis. Desde el ‘89, cuando la
hiperinflación hizo estallar al país, sigue de cerca los cambios producidos en
el tejido social. Presenció los largos años de escepticismo, de resignación y
parálisis, pero también el nacimiento de una resistencia que hoy no duda en
enmarcar en un contexto mundial. “El proceso que aparece tras el 19 y 20 de
diciembre se hizo particularmente visible porque hubo un cambio de calidad,
dentro de un cambio que ya estaba en marcha”, sostiene. “El tema del
protagonismo popular, de la capacidad de enfrentar al poder, de asumir el propio
poder, no es una cuestión que surge como un hongo después de la lluvia, sino
un camino que se fue gestando en una inversión del movimiento globalizador en
el mundo, a partir del año ‘95. Y que en nuestro país se empezó a percibir
con mucha más claridad desde el ‘96 y el ‘97.”
–Cuando los desocupados se organizaron.
–Sí, cuando empiezan los cortes de ruta, en Neuquén,
Salta y Jujuy. Yo tuve la fortuna de que las jornadas de investigación social
de la Universidad de Jujuy, donde me habían invitado, se realizaran cuando
comenzaban una serie de cortes de ruta y de esa manera pude conversar y grabar
largas horas con distintos participantes de los piquetes. Ahí ya se notaba que
algo había cambiado sustancialmente en cómo se estaba posicionando esa gente,
cómo analizaban lo que estaba viviendo.
–¿Cuál era la diferencia?
–El eje de ese cambio tenía que ver con el poder y allí
está la continuidad con lo que sucede en estos días, ya que la cuestión
central del 19 y el 20 de diciembre es que se definió un reposicionamiento
alrededor del poder y las instituciones. Aquellos trabajadores rurales y del
tabaco jujeños habían estado vencidos, sin esperanza a partir de la desocupación.
Habían vivido experiencias de mucho aislamiento, de mucho sufrimiento y habían
logrado salir de esa situación. Asumieron que había otras alternativas y que
si se juntaban dejaban de ser sujetos victimizados para empezar a tener poder.
Tanto, que podían expulsar al gobernador (en Jujuy echaron a tres) y obligar a
promesas que aunque después no se cumplieron revelaban una conciencia del poder
diferente.
–Esa relectura de los motivos de la crisis logró
abrirse paso remando contra la lógica del discurso dominante.
–En ese momento, por ejemplo, en Jujuy se planteaba que
la provincia era inviable. Pero la gente tenía claridad sobre la corrupción,
sobre cómo se estaba manejando la explotación de la riqueza minera y agrícola.
La lectura del ingreso al primer mundo, de la necesidad de la modernización,
todo ese discurso que fue dominante en el mundo en la primera parte de los ‘90
empieza a ser cuestionado. A partir de ahí los obreros tabacaleros y del
ingenio se juntan para luchar por las fuentes de trabajo y registran que si no
pueden copar los lugares de trabajo entonces tienen que cortar las rutas. Eso
provoca una modificación en la vida cotidiana de la sociedad, ya que la
posibilidad de asumirse como sujeto digno aparece íntimamente ligada al
reconocimiento de un poder que se asienta en lo grupal. El poder de las
asambleas también está apoyado en la trama social, que es lo que se había
destruido en una acumulación que se inicia a partir de la dictadura. Y hay que
decir que la dictadura no había logrado destruir el entramado social, porque
hubo fuertes lazos de solidaridad. Estaban los que decían “en algo andará”,
pero había una enorme red de personas que protegían a los militantes y contenían
a las familias de los desaparecidos.
–Usted empezó a estudiar el impacto de la crisis en los
grupos a partir de la hiperinflación. También entonces se vieron respuestas
solidarias.
–Sí, todavía hubo respuestas solidarias. Pero con los
saqueos se produjo un fenómeno que se articula con la hiperinflación que es el
de anomia social. Yo trabajé en Rosario y en Bariloche durante esos días y el
terror de no tener qué comer al día siguiente –aquella fue la primera gran
instalación de crisis con desaparición del poder adquisitivo, a veces en forma
absoluta– provocó una ruptura de normas en el plano social. Provocó, por
ejemplo, que participaran de los saqueos no sólo los sectores más
empobrecidos, sino también los sectores medios, que a la mañana criticaban a
“esos negros atorrantes que fueron a saquear” y la tarde también estaban
saqueando. Y a la vez empezó esa circulación (que también se dio el 18 y 19
de diciembre) de rumores de invasión de un barrio sobre el otro. Uno de las
personas que entrevistamos como parte de nuestro trabajo decía: “Yo estaba
parado en el techo de mi casa con un brazalete y un arma que no sabía usar
bien, preguntándome a quién le iba a tirar si venían”. Ahí hubo un momento
de estallido de los lazos sociales al que siguió una reacción de mayor
aislamiento. Todo eso fue generando una transformación del tejido social, pero
no podríamos entender qué pasó en la Argentina sin entender el fenómeno
mundial de la globalización, porque el proceso mundial de globalización apuntó
a esa fragmentación social y subjetiva en contradicción con su discurso de
sociedad abierta, plural y sin conflicto.
–¿Qué semejanzas existen entre lo que pasó en el país
y lo que ocurría afuera?
–El tema de la fragmentación pasó en el mundo. En el año
‘92 se hizo un congreso internacional de grupos en Montreal donde los máximos
referentes de la investigación sobre grupos en Europa y Estados Unidos
plantearon lo mismo que llevábamos como conclusiones del trabajo en la
Argentina: que habían visto incrementarse la hostilidad en los grupos, que se
había vuelto muy difícil la relación interpersonal. El hecho de que esto
fuera registrable en otros países del mundo me llevó a desgajarlo de la
secuencia histórica de la Argentina, a preguntarme cómo incide esta nueva
etapa histórica mundial de la globalización y a través de qué mecanismos
psicológicos tanta gente se compró, nos compramos, un orden económico tan
antagónico a nuestras necesidades. El análisis de los discursos sociales
muestra que funcionaron mecanismos de mucha seducción, de promesa de bienes
infinitos, de una sociedad abierta a las diferencias. El capitalismo tuvo un
discurso de paraíso terrenal. Cuando no lo pudo cumplir empezó la amenaza. De
“éste es el mejor de los mundos” se pasó a “éste es el único mundo
posible”.
–Hoy, dentro del país, hay voces que generalizan la
responsabilidad de la crisis planteando que “a los argentinos nos pasa esto
porque somos corruptos”, o “poco creíbles”.
–Sí, es el discurso de que el problema argentino es un
fenómeno endógeno, de producción exclusiva de los argentinos y sobre todo un
problema actitudinal. Los otros días Daniel Hadad nos dio un ejemplo de cómo
se construye ese discurso: se preguntó qué diferencia un país rico de un país
pobre y leyó una especie de decálogo del obsesivo que planteaba que “los
argentinos” tenemos problemas con “la puntualidad, la limpieza, la
concentración en el trabajo, el respeto por las normas”... Es el mismo
mecanismo de culpabilizar a la víctima que funcionó durante la dictadura con
el “por algo será”. Esa homogeneización falsa es parte de una
descalificación sistemática de un pueblo que en el medio de su sufrimiento está
realizando un gran cambio.
–¿Cómo ve la evolución de las asambleas barriales?
–El fin de semana en la escuela de Psicología Social
hicimos una jornada sobre crisis y grupo en la que participaron muchos vecinos
que integran asambleas. Una de las cosas que trajo la gente es la pregunta sobre
la operatividad de las asambleas, con un profundo deseo deafirmarlas, pero a la
vez, con un gran interrogante sobre cómo cambiar la realidad. Hay conciencia de
un nuevo poder, del poder de estar permanentemente reclamando lo no querido y
comienza a perfilarse lo sí querido. El interrogante es cómo conseguir lo
deseado, qué nuevas formas de organización se van a consolidar alrededor del
poder.
–Dentro de muchas asambleas las disputas por el poder
interno son tan feroces que el trabajo concreto queda desplazado. ¿Es
inevitable?
–Depende de los grupos. Yo creo que la forma de
funcionamiento de asamblea, de grupo amplio, es importante, pero necesita de
otra dimensión u otro espacio para que no sólo exista un lugar donde se
formulan discursos, sino también espacios para el intercambio y el acuerdo.
Algunas formas de funcionamiento conspiran contra la unidad de la asamblea.
Seamos realistas: en las asambleas operan distintos sectores de la sociedad,
incluso sectores políticos. Hay una búsqueda de hegemonizar en términos de
política partidaria esa organización. Y hay una fuerte resistencia de parte de
lo más espontáneo de esa organización de la asamblea, que no le molesta que
la gente explicite su postura política, pero que se niega con toda razón a ser
manipulado. Pienso que muchas de las cosas conflictivas ocurren porque falta un
espacio donde desplegar y elaborar ese conflicto. En los grupos siempre hay
conflictos por el poder, la posibilidad de llegar a compartir el poder es un
proceso de trabajo, de elaboración.
–¿Es distinto este 24 de marzo?
–Está resignificado por el 19 y 20 de diciembre. En
plena situación de saqueo, cuando se declaró el estado de sitio y se trató de
instalar el argumento de que así se estaba defendiendo a los buenos ciudadanos
de las hordas asesinas de los saqueadores, la gente salió a la calle a
enfrentar al poder. Tal vez algunos piensen que cualquier pueblo pudo haber
hecho lo mismo, pero éste tuvo 30 mil desaparecidos, es decir que tiene
necesariamente una marca de temor. Bueno, en ese momento no funcionó. Era mucho
más fuerte la indignación y la furia por el despojo. Por eso creo que en
diciembre también se revitalizó el Nunca Más.
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