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CONTESTA PICHON RIVIERE Respuesta
de Enrique Pichon Rivère a tres preguntas realizadas en mayo de 1974 por la
revista “Los Libros”, sobre Instituciones
de Salud Mental en la Argentina. 1.
¿Cuáles son los rasgos generales más sobresalientes que determinan y
configuran la estructura de la asistencia psiquiátrica en la Argentina? 2.
¿Cómo se expresa, en la actualidad, la situación de crisis
institucional, tanto en el nivel corporativo como en el asistencial? 3.
¿En su opinión, cuáles son los aspectos que presentan mayor urgencia
en el desarrollo teórico y técnico, en relación con la situación señalada
en 1 y 2? Entendemos que lo que recorre como implícito en los tres puntos del cuestionario es la pregunta por la salud mental, su concepción, y la organización del sistema asistencial y de prevención. La elaboración de un criterio de salud es a nuestro juicio el único punto de partida posible para la caracterización y evaluación de estructuras asistenciales, situaciones institucionales y puntos de urgencia en el desarrollo teórico en la formación de los agentes de salud, en vistas a su instrumentación para una praxis transformadora de sí mismo, de los pacientes y del medio. Es decir, de todo lo que constituye el texto y contexto de su operación. Al
analizar las distintas categorías utilizadas por las ciencias del hombre para
abordar el problema de la “salud”, de lo “normal y lo patológico”, de
las “formas de adaptación”, nos parece entrar en un terreno equívoco,
ambiguo, lleno de indefiniciones o definiciones contradictorias. Entendemos
que esta ambigüedad y ocultación ideológica de las verdaderas características
del problema es sólo aparente y cumple una tarea de escamoteo de las reales
condiciones de producción de los criterios de salud y enfermedad, normalidad y
anormalidad, y de la función que el Aparato u organización de la salud cumple
en una sociedad de clases. El
análisis de los distintos criterios y definiciones de salud, y de las formas de
organización y asistencia que inspiran o justifican nos remite a sus
condiciones de producción, condiciones histórico – económico – políticas.
Toda definición, toda teoría de la salud y enfermedad implica y reenvía a una
concepción del sujeto, del mundo y de la historia que la fundamenta. Según
las características de concepción, ocultante u objetiva y científica se
elaborarán los criterios de normalidad y anormalidad (1). Nos
parece pertinente, es decir, centrado en el objetivo de este trabajo, esclarecer
el carácter de aparato ideológico de dominación que reviste en nuestro
sistema social la organización de la salud, para comprender la particularidad
que asume en su interior la lucha ideológica como expresión de las
alternativas de un proceso de liberación. La
norma de comportamiento, el criterio que permite establecer si la conducta de un
sujeto es adaptada, normal o patológica está emparentando: a) con un sistema
de representaciones; b) con una infraestructura de relaciones sociales, de
producción, legitimada en ese sistema de representaciones, que orienta las
expectativas sociales y las encuadra. El
criterio de salud, la norma que evalúa la forma de adaptación a la realidad,
es funcional al sistema de relaciones sociales, como lo es la norma jurídica. El
criterio de salud vigente, criterio de competencia social, como condensación de
ideas, es condensación de ideas de la clase dominante, funcional con sus
intereses objetivos. Como condensación de la ideología dominante tendrá el
carácter ocultante y mistificador que le confiere a esa ideología su papel en
la lucha de clases. Quien
rompe alguna de estas normas, la jurídica y la de salud, ligadas por un origen
común: relaciones sociales - relaciones de producción - relaciones de
propiedad, y una función compartida: control social, se hace acreedor, en
nuestro sistema, de una sanción social semejante: marginación y descalificación
sistemática de sus actos y pensamientos. Podemos
decir que existen hoy dos formas de ley: la escrita, codificada, que constituye
el orden jurídico y que expresa la voluntad de una clase en el poder, y otra
forma de ley, coherente con la anterior, que configura el criterio de normalidad
a partir del cual se juzga –calificándola o descalificándola- la conducta de
los sujetos. Esa ley no escrita es también expresión de intereses de clase. El
abordaje del problema de la salud mental fundada en esa concepción de lo
“sano y lo enfermo” como instrumento de dominación, legitima, un tipo de
adaptación a la realidad, una forma de relación consigo mismo y con el mundo,
acrítica, ilusoria y alienante. Aparecen así como coherente y acreedoras de
consenso las conductas adecuadas a las relaciones de producción vigentes,
relaciones de explotación. La
estructura social configura el tipo de sujeto apto para su reproducción
(continuidad). Toda la organización del proceso socializador está al servicio
de esa tarea. Los criterios de adaptación, normalidad-anormalidad cumplen un
rol fundamental, de orientación en ese proceso. Este
aparato de dominación, en el que se materializa la ideología dominante, tiene
sus cuadros en psiquiatras, psicólogos y otros trabajadores en el campo de la
salud que vehiculizan una concepción jerárquica, autoritaria, dilemática y no
dialéctica de la conducta. Son líderes de la resistencia al cambio,
condicionantes de la cronicidad del paciente, al que tratan como un sujeto
“equivocado" desde su punto de vista racional. Estos
agentes correctores, cuya ideología y personalidad autocrática les impide
incluir una problemática dialéctica en el vínculo terapéutico, establecen
con sus pacientes relaciones jerárquicas en las que se producen el par
dominador-dominado, incapacitándose para comprometerse también ellos en
agentes sujetos de la tarea correctora, llegando en el mejor de los casos a ser
lúcidos observadores del acontecer del paciente. Pueden
establecer quizás una simbiosis o una situación siamésica pero nunca un vínculo
operativo, mutuamente modificante. En
esa jerarquía irreversible establecida entre el “sano” y el enfermo,
particularmente instaurada en las instituciones asilares, en la que separan
también al terapeuta del enfermo diferencias de clase, se produce lo que Laing
llama, una desvastación de la experiencia, una negación de la experiencia, de
la cultura y de la identidad del paciente (2). La
actitud autocrática se estructura por operación de la ideología y se refuerza
en una formación que disocia principios teóricos y campos concretos. Los
planes de estudio, igual que los asistenciales, desconocen y escamotean la
realidad social en la que ha de desarrollarse la tarea correctora. Planes y
tareas asistenciales efectivizan una política que obedece a la estrategia de
las metrópolis imperialistas, que intentan afianzar y procuran reforzar la
dependencia de países como el nuestro, no sólo mediante la explotación económica,
sino también a través del logro de la hegemonía de sus objetivos e intereses
en la planificación nacional (cultura, educación, salud, etc.). En el área
específica basta mencionar los misérrimos presupuestos de salud y salud
mental, la infraestructura obsoleta, para comprender la verdadera relación de
fuerzas y la escasa efectividad a niveles masivos que ha tenido hasta hoy todo
el “cambio” en la asistencia psiquiátrica. Esto lleva a preguntarnos por el
sentido “revolucionario” de planteos como terapias breves, talleres
protegidos, comunidad terapéutica, etc. (3). Hemos
dicho que todo criterio de salud reenvía a una concepción del Hombre y la
historia que la fundamenta. No quisiéramos cerrar nuestra respuesta sin
plantear nuestra perspectiva sobre este problema básico. En
la medida en que entendemos al Hombre como configurándose en una Praxis, en una
actividad transformadora, en una relación dialéctica mutuamente modificante
con el mundo, que tiene su motor en la Necesidad, la elaboración de un criterio
de salud -lo que nosotros llamamos de adaptación activa- significa el análisis
de las formas de relación del sujeto con el mundo, las formas que reviste esa
relación constitutiva del mundo como tal. El
parámetro de evaluación que orienta ese análisis es la capacidad de
desarrollar una actividad transformadora, un aprendizaje. Reformulamos
el par conceptual vigente en psiquiatría: salud y enfermedad, en términos de
adaptación activa o pasiva a la realidad. Con el término adaptación nos
referimos a la adecuación o inadecuación de la respuesta del sujeto a las
exigencias del medio. A la conexión operativa, transformadora o inoperante,
empobrecida, entre sujeto y mundo. El
sujeto es "sano” en la medida en que aprehende la realidad en una perspectiva
integradora y tiene capacidad para transformar esa realidad transformándose a
la vez él mismo. El
sujeto está “activamente adaptado” en la medida en que mantiene un
interjuego dialéctico con el medio, y no una relación rígida, pasiva,
estereotipada. La salud mental
consiste en aprendizaje de la realidad, en una relación sintetizadora y
totalizante, en la resolución de las contradicciones que surgen en la relación
sujeto-mundo. Adaptación
no implica aquí “competencia social”, aceptación indiscriminada de normas
y valores, sino por el contrario, una lectura de la realidad con capacidad de
evaluación y propuestas de cambio. En
nuestro esquema conceptual el concepto de Adaptación Activa se identifica con
el de Aprendizaje, el que se define como Apropiación Instrumental de la
Realidad para transformarla. El
retrabajo de los conceptos de necesidad, del sujeto como ser histórico, ser de
necesidades, el análisis de nuestra coyuntura histórica y del rol que en esa
coyuntura cumple una psicología que amplía el concepto de adaptación activa
hasta la praxis política (no es otra cosa la definición de la relación dialéctica),
nos llevó a Ana P. de Quiroga y a mí, en el último tiempo, a incluir el
concepto de conciencia crítica en la elaboración del criterio de adaptación. Así,
Conciencia Crítica es el reconocimiento de las necesidades propias y de la
comunidad a la que se pertenece, conocimiento que va acompañado de la
estructuración de vínculos que permitan resolver esas necesidades. La
conciencia es una forma de vinculación con lo real, una forma de aprendizaje
que implica la superación de ilusiones acerca de su propia situación, como
sujeto, como grupo, como pueblo. Lo que se logra en un proceso de transformación,
en una praxis que modifica situaciones que necesitan de la ficción o la ilusión
para ser toleradas. Como
trabajadores en salud mental estamos obligados a lograr esa forma de lectura de
la realidad. Sería muy importante que esta encuesta sea algo más que la
oportunidad para enunciar posturas. En un proceso de liberación, la lucha por
la salud no es sólo la lucha contra la enfermedad, sino contra los factores que
la generan y la refuerzan. Se
nos ha preguntado; como trabajadores en Salud Mental quizás haya una sola
respuesta concreta: el reconocimiento de nuestra verdadera situación en el
campo de la salud, el reconocimiento de nuestras necesidades como pueblo. Desde
allí, y desde una correcta evaluación de fuerzas (Logística), será necesario
organizarse, darse una estrategia común, analizar el verdadero significado de
lo que parece avance y de lo que parece retroceso. Cuidarnos
tanto de la marginación como de la ingenuidad, pero recordar ante todo, que, en
salud, la praxis es colectiva.- (1)
Ana P. de Quiroga. Clases Escuela de Psicología Social. Buenos Aires y
Tucumán, año 1973. (2)
Alfredo Moffat. Apuntes para una psicoterapia de l oprimido. Edición
particular, año 1972. (3)
Hernán Kesselman. Salud Mental y neocolonialismo en Argentina. Y La
penetración imperialista en el campo de la salud Mental. Revista Envido Nº6 y
7, año 1972. Bibliografía:
Del Psicoanálisis a la Psicología Social. Tomos I y II. Enrique Pichón-Rivière.
Editorial Galerna, año 1971.
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Martes, 13 de Mayo de 2008
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