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Reportaje a Pichon Rivière Revisando
algunos materiales del año 1976, encontramos uno de los últimos reportajes
realizados a E.P. Rivière un año antes de su muerte y que publicó la Revista
crisis en su número 40 de marzo de ese año. En esa oportunidad el cuestionario
hecho a EPR tocó el tema del Arte y la Cultura en el pensamiento del maestro
vienés. Reproducimos aquí textual e íntegro lo publicado, que en ese número
formaba parte de un homenaje a Sigmund Freud con opiniones de otras
personalidades encuestadas. -De manera implícita o explícita Freud analizó y estudió al hombre como creador y creación de la cultura. ¿Qué opina usted de tal valoración y de las múltiples objeciones que recibió el aporte de Freud? -Reflexionar
acerca de la cultura, de su génesis, del origen y el sentido de la actividad en
la que los hombres transforman lo real, no es otra cosa que elaborar una
concepción acerca de la génesis y el sentido de un orden de hechos, que
constituyen -más allá del orden animal- una nueva instancia: lo histórico-social,
lo específicamente humano. Esta
reflexión implicará necesariamente una concepción del hombre y la Historia,
no podrá dejar de expresar una “weltanschaung”, se sustentará en una
ideología. El análisis de la concepción freudiana de la cultura, del hombre
en tanto creador y creación de esa cultura, desnuda con nitidez la ideología
freudiana, a la vez que reabre la cuestión de las relaciones entre ciencia e
ideología, debate que conmovió en los últimos años el campo del quehacer
psicoanalítico. ¿Por
qué consideramos pertinente retomar este debate? Porque las tesis freudianas
acerca de la cultura, el trabajo, el proceso creador -más allá de la pregunta
por la legitimidad de extender hipótesis que surgen en el contexto analítico
al plano de las relaciones sociales- abren un interrogante cuya respuesta nos
plantea una tarea de crítica y de reformulación de los aportes del psicoanálisis
a la comprensión del sujeto. El
“Malestar de la Cultura”, una obra de gabinete, en la que Freud se aparta
del riguroso itinerario que recorre en su práctica clínica, revela a un
pensador idealista, esencialista, para quien la naturaleza humana se determina
-en última instancia- desde los impulsos instintivos, eternos e inmodificables
en su esencia. Se
“naturaliza” así la agresión, la rivalidad, la hostilidad entre los
hombres. Estos rasgos “naturales” de “lo humano” hablan de una esencia
transhistórica que se expresan en las relaciones sociales y las determinan en
su forma. Esta
concepción esencialista, esta naturalización tiene como consecuencia una
inversión en la que los efectos aparecen como causa y las causas como efecto.
La interpretación de la cultura, la interpretación de la praxis del sujeto se
inscribe en el campo de la lucha ideológica. La defensa de los intereses
objetivos de las clases dominantes –uno de los sectores comprometidos en esa
pugna- exige una ocultación, una distorsión de lo real, particularmente de la
realidad histórico-social. En
los últimos años, en nuestro país, algunos psicoanalistas y epistemólogos
del psicoanálisis, influidos sin duda por Althusser -y en el intento de
preservar una práctica- se ilusionan distinguiendo entre el Freud “científico”
del capítulo VII de “La interpretación de los sueños” y el Freud “ideológico”
del “Malestar en la Cultura”, de la misma manera que intentan preservar la
teoría más allá de toda crítica centrando su cuestionamiento en las
Instituciones psicoanalíticas. Cabe preguntarse si el esencialismo freudiano,
la concepción del hombre y la historia que a nuestro entender gobierna toda
reflexión psicológica y que tan claramente se manifiesta en los escritos
sociales de Freud, ¿no se deslizó jamás en la conceptualización de su práctica
clínica’, ¿no tiñó jamás la interpretación de la realidad con que se
trabajaba? ¿Es imposible reconocer al Freud esencialista de “El malestar en
la Cultura”, del Freud que reflexiona acerca de la sexualidad femenina, las
fantasías originarias, el narcisismo primario, la segunda formación de la teoría
instintivista? Pero
ese Freud es el mismo del concepto de inconsciente, de la experiencia de la
satisfacción, de los mecanismos del inconsciente, de las leyes de la asociación.
Es el mismo Freud que construyó un bagaje instrumental con el que trabajamos
diariamente en el campo de la terapia y de la prevención transformando
realidades concretas. Es en el interior de la teoría psicoanalítica, en el
seno del pensamiento freudiano donde reside una contradicción entre
conocimiento objetivo y escamoteo ideológico. Es esa contradicción, que se
revela en la práctica clínica, la que nos exige la tarea de crítica, en el
intento de fundar una psicología social, histórica y concreta. -¿Cuáles
considera que fueron las mayores contribuciones de Freud para la comprensión
del fenómeno artístico? -Freud
retoma la llama del romanticismo alemán, la pasión por lo siniestro, por los
sueños, por lo inconsciente. Busca en sí mismo y en sus pacientes las formas
concretas de la imágenes que los fascinaron en los poetas románticos. La
tristeza, el duelo y la culpa ante la muerte de su padre (la tragedia edípica),
como situación existencial, lo lanzan en el camino de este descubrimiento. La
teoría freudiana que desoculta y hace inteligible la dialéctica
consciente-inconsciente permite la emergencia e instrumenta al movimiento
surrealista en formas creativas inéditas y revolucionarias. Esto
sucede más allá de la comprensión de Freud, quien confiesa en una carta a
Breton sus limitaciones para descifrar los elementos que el surrealismo le
brinda. Su negativa al diálogo, que tanto dolió a Breton, se funda en el
sentimiento de estar “muy alejado del arte”. Pese
a ese sentimiento de lejanía, la teoría del inconsciente, en una tarea arqueológica
hace surgir a la luz los mecanismos que rigen la construcción de las imágenes. |
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Martes, 13 de Mayo de 2008
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