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por Ana Pampliega de Quiroga Capítulo de un texto de Psicología Social editado y utilizado por la Universidad de Madrid (España) en su Programa de Educación a Distancia La
Psicología Social es una disciplina que nace con la modernidad, cuando la
problemática de la historia y la organización social pasa a un primer plano en
la reflexión filosófica- como lo podríamos ver en Hegel- y emergen
disciplinas como la Economía Política con Adam Smith y Marx, o la Sociología
con Durkheim. Fenómenos de masas, procesos revolucionarios, cambios en las
instituciones y en las formas de organización interrogan a la relación
sujeto-sociedad. Desde
una reflexión epistemológica y desde el análisis que plantea una sociología
del conocimiento entendemos que hay –en ciertos períodos históricos-
condiciones sociales para desplegar ciertas preguntas, o plantear un problema en
sus términos pertinentes lo que dará lugar al desarrollo de distintas
respuestas. En este sentido nuestro siglo ha sido particularmente fecundo en
hechos que configuran este campo del conocimiento que concierne a la Psicología
Social. Hoy, en el período que se
abre con la caída del Muro y la llamada globalización, o aún un poco antes,
al gestarse en los años 70 las primeras elaboraciones de la posmodernidad,
emergen nuevas preguntas y teorías acerca de la sociedad, lo subjetivo y sus
relaciones. En
consecuencia el interrogante acerca del destino y la tarea de la Psicología
Social se redimensiona y actualiza en el fin del siglo por los profundos cambios
que se han planteado en el orden social, político, económico, y a causa de su
incidencia en la configuración de la subjetividad. Estos
cambios han instalado –entre otras cuestiones- intensos debates en el terreno
del conocimiento científico, la epistemología, la producción y validez de los
saberes, los criterios de verdad, la definición de la relación
sujeto-realidad, la concepción de causalidad y a la vez plantean nuevas problemáticas
en el plano de los ideales, la concepción del sujeto y los criterios de salud. Tales
debates no son externos a la Psicología Social en sus distintas formas de práctica
y elaboración conceptual, sino que recorren las instituciones en las que
trabajamos, nos implican y no pueden ser eludidos sino transitados. Nuestra
disciplina, a lo largo de su historia, buscó precisión en la definición de su
campo. Precisión e identidad, aunque sostuviera siempre el carácter
interdisciplinario de su hacer y su procesamiento teórico. ¿
QUE INVESTIGA LA PSICOLOGIA SOCIAL? Nos
concierne un objeto de gran complejidad, ya que no se trata de “un objeto”,
sino de una multiplicidad de procesos y relaciones que se determinan y afectan
recíprocamente. Hace
a la especificidad de la Psicología Social el indagar un nexo dialéctico y
fundante: el que se da entre el orden socio-histórico y la subjetividad. Esta
indagación implica el estudio de las relaciones sociales que gestan ese orden;
las instituciones y las prácticas que expresan esas relaciones y que emergen en
ellas, las formas de conocimiento social, los sistemas de representación que
recorren esa estructura e interpretan la experiencia de los sujetos de la misma,
así como las formas organizativas que se dan los hombres en ese orden
particular. Esto es: sus modalidades de agrupación, de vinculación, sus formas
comunicacionales. Esa
complejidad cuasi infinita es analizada desde una perspectiva específica: ¿cómo
operan esas relaciones y procesos en la génesis y desarrollo del sujeto? Sujeto
del que la identidad, como integración y continuidad del ser, como interjuego
necesario entre permanencia y cambio, entre multiplicidad y unidad, es rasgo
fundamental. Queremos resaltar la importancia del tema de la identidad, hoy
controvertido desde una visión discontinuista y fragmentada del ser que opone,
dilemáticamente, subjetividad e identidad sin comprender su relación dialéctica. Serán
investigadas entonces las distintas instancias y mediaciones operantes y
articuladoras entre lo socio-histórico y los procesos psíquicos. Pero al
tratarse de una relación dialéctica, hace a la pertinencia de la Psicología
Social, el estudio de las modalidades con las que los sujetos producen,
desarrollan, sostienen o transforman esas relaciones sociales, instituciones,
formas de organización, representación y comunicación. Indagamos
esa multiforme dialéctica sujeto-mundo teniendo en cuenta que investigamos a
seres concretos productores de un orden social, material y simbólico, el que a
su vez los alberga, produce e instituye. Se
afirma así la identidad de la Psicología Social como crítica de la vida
cotidiana, análisis científico de los mecanismos por los que las estructuras
sociales organizan materialmente y otorgan significación a las experiencias de
los sujetos. Sin
este análisis que permite interpelar a los procesos sociales desde un criterio
de salud, se nos escaparía el sentido de los acontecimientos aparentemente más
banales de una conducta, de las vicisitudes vinculares o de las formas de la
grupalidad. Haríamos técnica sin ciencia. SUBJETIVIDAD
Y PROCESOS SOCIALES. MARCO TEORICO. Creo
oportuno una explicitación del marco teórico en el que me sustento, a la vez
que un mayor desarrollo y profundización de algunos de sus conceptos centrales.
Para Enrique Pichon-Rivière, en cuyo pensamiento me baso, la Psicología Social
no designa sólo un área de procesos y fenómenos. Implica una concepción de
sujeto como ser complejo y sostiene la esencia social del psiquismo. Dicha
concepción caracteriza al sujeto como “ser de necesidades, que solo se
satisfacen socialmente, en relaciones que lo determinan. El sujeto no es solo un
sujeto relacionado, es sujeto producido en una praxis. Nada hay en él que no
sea la resultante de la interrelación entre individuos, grupos y clases”
(Aportaciones a la didáctica de la Psicología Social – E.Pichon-Rivière –
Ana Quiroga – 1972. Publicado en El Proceso Grupal, Nueva Visión). El
hombre, por su condición primordial de “ser de necesidades”, se constituye
en su subjetividad, en su dimensión psíquica y social, en y por una actividad
transformadora de sí y de la realidad. En tanto configurado y determinado en y
por una red relacional, es “sujeto producido”, emergente de procesos
sociales, institucionales, vinculares. A la vez, al ser sujeto de necesidades,
es por ello sujeto de la praxis, del conocimiento. Hace a su esencia ser el
productor de su vida material, lo que lo define como sujeto de la Historia,
creador del orden social y del universo simbólico que es su escenario. En
consecuencia, si las relaciones sociales hacen a la esencia [1]
de lo subjetivo, a su causalidad interna, podemos decir que tanto en su forma
como en su existencia, no tienen respecto a los procesos psíquicos una relación
secundaria, azarosa y de exterioridad, sino de interioridad y, como hemos dicho,
de compleja determinación. Al
analizar la interrelación de causas internas y condiciones externas entendemos
que no resulta pertinente hablar de un “afuera” social, contexto de un
“adentro” psíquico, aún cuando esto pueda corresponderse con vivencias
subjetivas de “frontera” (lo que nos remite a otra cuestión, a la problemática
de la diferenciación yo – no yo, del límite y la identidad). Pero desde la
perspectiva planteada, en el interjuego sujeto-mundo, lo externo se hace
interno, y éste a su vez se transforma en su opuesto ya que lo interno se
externaliza. Insistimos
en el carácter de ser complejo que
reviste el sujeto. La comprensión dialéctica de su unidad y multiplicidad
permite distinguir la especificidad de aspectos o instancias de lo subjetivo,
reconocer su interpenetración recíproca, y no fragmentar esa unidad compleja
en supuestas “entidades” ontológica y epistemológicamente autónomas,
tales como un “sujeto social” que sea otro
que el “sujeto del inconsciente”, o el “sujeto del grupo”. Esta
concepción de sujeto que fundamenta a la Psicología Social pichoniana tiene
implicancias en la elaboración de un criterio de salud, orientador de nuestra
tarea. CONCEPCION
DE SUJETO. CONCEPCION DE SALUD. Al
afirmar que el hombre es esencialmente “ser-en-el-mundo”, en relación dialéctica
con él, y al caracterizar al psiquismo como un sistema
abierto al mundo, constituyéndose en y por su ser en un mundo material,
social, vincular, estamos planteando implícitamente hipótesis acerca de la
contradicción salud – enfermedad. Intentamos establecer los términos en que
entendemos se desarrolla esta problemática. Nuestra
reflexión concierne, como hemos señalado, al sujeto de la praxis, sujeto de
una relación de recíproca determinación y transformación con una realidad
que lo trasciende y a la que a su vez modifica y produce. La elaboración de un
criterio de salud requiere el análisis de las formas concretas que toma la
relación sujeto-mundo. Por eso indagaremos en los dos polos de esa relación. Ello
implica estudiar las posibilidades del sujeto para realizar una acción
transformadora, una adaptación activa a la realidad que tenga en cuenta
necesidades, condiciones concretas, potencialidades. Investigaremos el grado de
flexibilidad o de estereotipia en la relación mundo interno, mundo externo. Nos
preguntaremos por su capacidad para alcanzar un conocimiento de sí “en
situación”, en el universo de experiencia y significación que configuran sus
condiciones concretas de existencia. Esto requiere, en el análisis de su
conducta, sus vínculos, su hacer y su representación del mundo, indagar el
grado de plasticidad de aquellas operaciones psíquicas, que Enrique Pichon-Rivière
denominó “técnicas del yo”, y que permiten ese encuentro dialéctico e
instrumental entre el sujeto y el mundo y que están al servicio del
aprendizaje, en tanto aprehensión de la realidad. Aprehensión
que en un proceso, permite la elaboración de una visión progresivamente
integradora de hechos y relaciones, que posibilite establecer nexos, descubrir
nuevas articulaciones, superar escotomas, así como reconocer fracturas,
quiebras, vacíos y ausencias, o formas inesperadas o hasta allí desconocidas
de presencia. En este vasto interrogar, nos preguntamos por su capacidad
cognitiva y emocional de insight y elaboración de conflictos. Por su
creatividad, como potencialidad de recorrer y gestar caminos alternativos, que
implican innovación, apertura al cambio, trabajo de duelo por lo que se pierde
y gestación de proyectos. Sin
embargo no será sólo el sujeto el interpelado. Como hemos dicho, focalizar esa
relación implica también analizar desde esta perspectiva, lo que constituye su
escenario de experiencia, mundo de significaciones, de relaciones y procesos en
los que debe posicionarse el sujeto. Con esto aludimos al orden social,
institucional, vincular en el que emerge y se despliegan las vicisitudes de su
configuración y desarrollo. Será
entonces objeto de nuestro estudio el destino que las necesidades de los sujetos
tienen en esas instancias, hasta qué punto ellas son reconocidas o
desconocidas, valorizadas o descalificadas. Qué sostén o continencia ofrecen
esos espacios interaccionales. Por
tanto, siempre en el marco de la elaboración de un criterio de salud mental y
de la promoción de la misma, reflexionaremos acerca de la organización
material y social de la experiencia personal y colectiva en un orden socio histórico
concreto. Investigaremos si la interpretación de la experiencia y de sí mismo
que es propia de los sujetos de ese orden social concreto se relaciona, o más aún,
emerge de una cotidianidad, y a través de qué procesos opera en la configuración
de lo subjetivo. Intentaremos profundizar en las significaciones, en el universo
de sentido que condensa el sistema de representaciones que legitima esa
cotidianidad como “orden válido”, “natural”, “humano”. Nos
preguntaremos si ese orden social favorece el aprendizaje, el movimiento del
sujeto sobre el mundo, la relación de recíproca transformación, o por el
contrario la obtura, tendiendo a instalar el estereotipo o distintas modalidades
de pasividad, gestando o ahondando fracturas entre sujeto y realidad. Son estos
interrogantes los que otorgan a la Psicología Social su carácter de crítica
de la cotidianeidad como investigación sistemática acerca de los hombres en un
momento histórico, en una sociedad particular. Este análisis los abarca en la
complejidad de su praxis, su experiencia, su acontecer interno, en un mundo de
relaciones objetivas que constituyen sus condiciones concretas de existencia. LA
SITUACION ACTUAL. Esta
perspectiva define como campo de conocimiento una multiplicidad de hechos que
alcanza tanto a aconteceres sociales, desarrollos tecnológicos, movimientos de
crisis y cambio, como a procesos inter e intrasubjetivos. Consideramos parte de
estos aconteceres sociales los discursos que los interpretan expresando sistemas
de representación social, y que tienden a incidir en la percepción de los
mismos orientándola. Encarar hoy el análisis de esta diversidad nos enfrenta
con hechos que marcan significativamente el fin del siglo XX y signan el inicio
del tercer milenio, delineando algunas tendencias de desarrollo. Estos
hechos, pese a sus diferencias sustantivas, convergen en generar nuevas formas de cotidianeidad y organización de la experiencia,
con un profundo impacto en la subjetividad. Nos detendremos en el análisis de
algunos de ellos, quizás los más significativos. Uno
de estos hechos consiste en la actual
reunificación del mercado mundial bajo el signo del sistema capitalista con la
hegemonía de los EE UU. Esta reunificación es posibilitada en un proceso
que se iniciara con la derrota de las revoluciones socialistas en Rusia en la década
del ’50 y que culmina con los cambios de orientación capitalista
desarrollados en China a partir de la muerte de Mao Tse Tung. Tales hechos
aceleran el colapso de la URSS y la desaparición del campo socialista. El
conjunto de estos acontecimientos marca el fin de una etapa histórica y puede
ser considerada la base real de la
llamada globalización. Otro
acontecimiento, en este caso de naturaleza tecnológica, está dado por la
emergencia y desarrollo de una
revolución informática y mediática en la que se destaca la creación de una
nueva dimensión: el ciberespacio.
Esta innovación así como otros profundos cambios experimentados en la
ciencia y la técnica, nos convocan a investigarlos ya que las actuales
transformaciones tecnológicas se manifiestan, en su magnitud y aceleración,
tanto en los procesos macrosociales, como en los hechos aparentemente más
banales de nuestra vida. Se
producen así significativos impactos en lo subjetivo al modificarse, por obra
de lo mediático, los registros de tiempo y espacio. Estos son esenciales a la
organización de la cotidianidad, la percepción de nosotros mismos y nuestro
contexto. En síntesis, a la identidad y la noción de prójimo el que es, a la
vez, semejante y otro. Esta transformación incide en forma contradictoria en
procesos comunicacionales e identificatorios. La
invención del ciberespacio produjo una modificación cualitativa en un proceso
preexistente: la universalización de los ámbitos comunicativos. La citada
revolución mediática introduce un
cambio profundo en el plano de la vivencia de temporalidad: hace posible la
simultaneidad entre el hecho y su potencial percepción compleja en cualquier
parte del mundo. A la vez el ciberespacio permite un reprocesamiento
personal de la información y la cibernavegación en las llamadas realidades
virtuales, junto con la descomposición y recreación de imágenes, formas y
figuras. Si bien la realidad virtual es simulación hace factible una modalidad
hasta aquí desconocida de relación sujeto – realidad. Hemos
señalado que este fenómeno de simultaneidad, que algunos autores como MC
Luchan consideran una abolición del tiempo y espacio, opera en forma
contradictoria en los procesos identificatorios que definen al otro como prójimo.
Esta contradicción está ligada a los procesos de “construcción de la
noticia”, la mostración del
hecho, que pueden orientarse tanto a favorecer el enlace afectivo, el encuentro
con el otro como semejante, como por el contrario, instalar una distancia
emocional, en que el sujeto y el acontecimiento se tornan abstractos,
deshumanizados. En
cuanto al ciberespacio quisiera señalar que es un rasgo potencial del mismo su
potencialidad aún inconmensurable para entender nuestro universo de experiencia
y conocimiento. Sin
embargo la expansión de los sentidos, el transitar el dominio digital y los
mundos virtuales, el apropiarse de esta complejidad impensable, la efectivización
de los cambios de estilo en la presentación y organización del conocimiento,
permitido por las multimedias, se encuentran aún en planos de incipiente
investigación y desarrollo. Fenómenos
como el isomorfismo entre el carácter multimodal de la vida y el aprendizaje y
su expresión multimediática, la
causalidad recíproca entre la metamorfosis de los modos de comunicación y la
estructura de la percepción, así como la dinámica y forma en que redes,
hipertextos y realidades virtuales pueden modificar, como modalidades
comunicacionales, la subjetividad y las redes sociales, se hallan todavía
en el terreno de la hipótesis y experimentación. Consideramos
parte de ese universo a indagar, los discursos que recorren el orden socio-histórico,
formando parte del mismo interpenetrándolo. Los discursos nombran, enuncian,
explican. Tienden a configurar percepciones, interpretar experiencias, a
construir una visión del mundo. (Weltanschaung). Aportan y expresan sistemas de
representación social. Pueden ser desocultantes, expresión de conocimiento, o
mistificadores. Por ello no resulta “irrelevante”, para un sujeto definido
como cognoscente, la cuestión de la relación con la realidad, la posibilidad o
imposibilidad del conocimiento objetivo, la problemática de la verdad. El que
las palabras, el lenguaje sólo remita a palabras y lenguajes o por el contrario
denote, remita a un mundo objetivo. Esta
anticipación acerca del desarrollo tecnológico y sus efectos, que para algunos
autores ya es teoría,[2]
si bien tiene bases experimentales, éstas no son masivas, sino por el
contrario, altamente restringidas y sofisticadas. Ni
aún la difusión actual de Internet, con sus 66 millones de usuarios, cambia
–a nivel de población mundial- el carácter selectivo de las experiencias en
el ciberespacio, en un mundo en que aproximadamente la mitad de la población
del planeta no ha utilizado jamás
un aparato telefónico. De allí que los fenómenos que hoy permiten la
existencia de esta nueva dimensión comunicacional, así como los que se
perfilan para el futuro, exigen de una investigación. Y esto en particular en
lo que hace a la problemática de la subjetividad y la vivencia de identidad.
Esta indagación ha de ser sistemática, masiva y sostenida en el tiempo, a fin
de discernir la ciencia de la ficción. La
existencia del ciberespacio es, como hemos indicado,
un hecho de naturaleza esencialmente tecnológica, que se da –como todo
proceso tecnológico- en relaciones
sociales concretas. Estas son hoy las de la llamada “globalización”.
Este proceso creciente de acumulación y concentración de poder y riqueza, (que
instrumenta lo tecnológico) y que
es factible en alguna de sus formas actuales (por ejemplo, operación en simultáneo
de los mercados, lo que redimensiona el desarrollo y movilidad del capital
financiero) por la existencia del ciberespacio, no tiene ni su origen ni su razón de ser en la tecnología, en la
cualidad de las fuerzas productivas, sino en las relaciones de producción en
las que aquellas se generan y despliegan. Esta
relación causal es la que distintos discursos acerca de los procesos económicos,
la organización de la producción y “el
fin del trabajo”, intentan mostrar en forma invertida, abstracta y
mistificadora. Estos discursos y los hechos que enuncian, impactan en la
subjetividad al aportar una visión del mundo. Nos detendremos en el análisis
de algunos de ellos, quizás los más significativos. Es
entonces importante definir con precisión los alcances de la instrumentación
de la cibernética en una economía mundializada
Esta definición limita la tendencia a adjudicar a “ese ambiente
intangible y a los juegos cibernéticos” que permite, una función dominante
en el sostén de la sociedad. Sobre
la base objetiva del funcionamiento de los mercados y el actual desarrollo del
capital financiero, no son pocos los que caen en el absurdo de atribuirle al
movimiento especulativo, facilitado por el ciberespacio, aún en su actual
incremento, el lugar central en la génesis de los procesos económicos. Esta
inversión causal, inseparable de un axioma o “paradigma tecnológico”,
disocia trabajo de producción, negándole a aquel su carácter de productor de
bienes, creador de tecnologías e instrumentos y generador de riqueza. En
consecuencia si el trabajo es un rasgo constitutivo de lo humano, es el sujeto
el que queda despojado de su condición de productor, protagonista de procesos
socio-históricos. Tal
disociación se enlaza con otro contenido de este supuesto axioma, tan caro a la
globalización y que se expresa en esta afirmación: “la tercera revolución
industrial, de naturaleza esencialmente informática es la causa principal e
inevitable de la destrucción de empleos al producirse el desplazamiento del
hombre por la máquina”. Este reemplazo, en sus formas actuales, anunciaría
una mutación histórica: un mundo sin trabajo. Mutación que se enlazaría con
otra: la del sujeto sin pensamiento abstracto atrapado por la imagen.[3] DISCURSOS
SOCIALES Y SUBJETIVIDAD
Nos
hemos detenido en algunos de los rasgos de los discursos que engendra este nuevo
orden a fin de reflexionar acerca de su función ideológica y sus efectos
subjetivos, ya que las falacias y distorsiones que encierran inducen a nuevas
formas del proceso de alienación. Como
producción simbólica que impregna la vida social, el discurso
universalizante de la globalización nació con un anuncio triunfal: la
culminación de la evolución humana en el terreno de las ideologías. Este fin
de la historia encerraba un mensaje que la humanidad no tardó mucho tiempo
en descifrar: las nuevas condiciones objetivas y las relaciones de poder que la
sostienen - que han implicado cambios radicales en la vida de millones de seres
humanos a nivel planetario- es un
inevitable corolario histórico. Por tanto un orden y un acontecer irreversible.
En
este concepto central se enlazan y potencian los enunciados del “paradigma
tecnológico”, “el fin del trabajo” y “el horror económico”. Hilos de
un entramado mistificador y alienante. [4] Como
construcción ideológica el texto de la globalización es superficialmente
cambiante y ambiguo. Identifica en un mismo proceso sociocultural una diversidad
contradictoria y eventualmente antagónica. En
él “la racionalidad del mercado unificado” implica la abolición de
diferencias y fronteras, ocultando en la figura de una supuesta homogeneización,
la ausencia de reciprocidad e intercambio, la asimetría de poderes, las
crecientes manifestaciones de resistencia al modelo intrusivo y hegemónico del
Primer Mundo. Una forma de esta resistencia se expresa en la intensificación de
los antagonismos entre etnias, culturas, creencias religiosas y la emergencia de
nuevas formas de fundamentalismo. Convocando
a la unificación de los pueblos, no sólo intenta arrasar con costumbres e
identidades, sino que escamotea las desgarrantes desigualdades, la rígida
estratificación que bajo múltiples formas de opresión, expulsión y amenaza
de inexistencia, instala para sujetos y naciones, este autodefinido “único
mundo posible”. A la vez silencia la implacable y evidente lucha por el
control de los mercados y la agudización de las contradicciones entre los
centros de poder. Coherente
con su estrategia, el discurso de la globalización declara caducos los
conceptos de nación y soberanía, y con ellos el derecho internacional que los
sostiene. El
narcotráfico, el terrorismo y la corrupción, en los que están profundamente
involucrados dichos centros de poder, dan fundamento a formas cada vez más
manifiestas de intervencionismo y control supranacional, alegando un supuesto
“deber de injerencia”. El trabajo ideológico acerca de estas cuestiones,
tan sensibles para los sujetos, apunta hoy a lograr consenso para la legitimación
jurídica de estas formas de invasión y control. Estos son los rasgos del
discurso de la globalización. Tomaremos ahora también otra vertiente. En
el plano de los discursos, las interpretaciones del mundo, del hombre y la vida
social, el movimiento cultural denominado posmodernismo – aun en su
heterogeneidad – converge en una ruptura con las concepciones prevalentes en
las representaciones colectivas hasta la década del ’70.[5] Sustentándose
en algunas exégesis de descubrimientos de la física cuántica y subcuántica
se instala en el relativismo y agnosticismo filosófico y científico,
declarando la imposibilidad del conocimiento de la realidad, inexistente el
orden de lo “objetivo” e “irrelevante” la cuestión de la verdad en el
conocimiento. El hombre es un ser atrapado en los límites de sus sensaciones y
categorías conceptuales, encerrado en la red de lenguajes que sólo conducen a
otros lenguajes. El sujeto y el mundo estallan en una multiplicidad sin unidad.
Caos sin ley, desorden sin orden, azar sin necesidad se imponen en un
pensamiento explícitamente antidialéctico. Nacido
en una sustentable crítica al dogmatismo vigente en organizaciones políticas,
históricamente de avanzada, pero en las que habían sido ya derrotadas
las ideas revolucionarias, el posmodernismo se instala en el escepticismo en el
terreno político y social. Señala la caducidad de los “grandes relatos”,
el fin de las utopías, a la vez que cae en la paradoja de acuñar otra utopía.
Nos referimos a la sociedad, en la que en una “era del vacío” no surgen
proyectos movilizadores, sociedad posmoderna en la que, en un proceso creciente
de “personificación” liberada de las formas autoritarias de socialización
de las sociedades modernas, las instituciones se modelan sobre las motivaciones
de los individuos. Sociedad abierta y plural que tiene en cuenta los deseos
personales, aumenta la
libertad de elección y multiplica las oportunidades y la oferta. Se
exalta como valor supremo la
realización personal y la autonomía, a la vez que el derecho a la singularidad
y las diferencias, al gozo de la vida en un mundo de placer y de logros. La
utopía posmoderna aportó su texto a la sociedad de libre mercado, la que lo
instrumenta en su estrategia de franjas homogéneas y minorías diferenciadas y
sofisticadas de consumo. Lo incluye así en sus mitos más seductores y
encubridores que configuran el discurso de la globalización. No
es difícil encontrar nexos entre el individualismo posmoderno y los ideales
neoliberales, entre su escepticismo agnóstico y los fuertes contenidos
adaptacionistas que encierran los mensajes acerca de la
irreversibilidad del nuevo orden mundial. En esta convergencia no pudo
quizás reconocer o denunciar el fin de la historia “como un nuevo gran
relato” Pero
en “el nuevo orden mundial” no todo es discurso y representación. En
el seno de la mayor expansión histórica del capitalismo, la creciente
concentración monopólica, la competencia por los mercados, el vertiginoso
desarrollo tecnológico –de alto costo y rápida obsolescencia- que conlleva
un descenso de la tasa de ganancia, y el incremento del capital especulativo en
relación a la inversión productiva, son factores de una gravísima crisis del
sistema. Esta se da porque se ha agudizado la contradicción que le es esencial:
la que se da entre producción social y apropiación privada. Esta
crisis se evidencia dramáticamente hoy con la caída de los “paraísos
emergentes”, la labilidad de los “tigres asiáticos” y las amenazas que se
ciernen sobre la economía de Japón y los riesgos implícitos en el actual
desarrollo económico en EEUU. Paradójicamente en el momento de mayor potencial
de riqueza se continua en el riesgo de una recesión mundial. Es otro hecho, íntimamente
vinculado con esta forma de mundialización de la economía,
y el salto cualitativo en algunas áreas de la ciencia y la técnica. La
crisis objetiva y en aumento del capitalismo ha conducido a una nueva organización
de la producción. Esta instrumenta el
desarrollo tecnológico e intensifica la asimetría en las relaciones de poder. La
nueva organización diseña una explotación máxima de la fuerza de trabajo a
la vez que instala su expulsión creciente de los procesos productivos, fragilizándose
día a día la inserción laboral, lo que es legitimado por leyes y convenios. El
sistema económico de la globalización asume como estructural una desocupación
que involucra al 30% de la fuerza laboral en el mundo. En
la creciente concentración poblacional de las grandes ciudades se multiplican
los bolsones de pobreza y marginalidad, a la vez que la miseria y la falta de
perspectivas en el campo condenan al éxodo a la mayoría de los obreros
rurales, en tanto los pequeños y medianos productores son devorados por la
usura bancaria y los grandes monopolios, destruyéndose la familia campesina
como unidad productiva a la vez que como grupo de pertenencia y espacio de
contención para los sujetos. En
estos hechos encuentra su base material un proceso que emerge con gran
intensidad en la vida social. Nos referimos a la contradicción inclusión/exclusión
que instala “un horizonte de amenaza”, una
vivencia de estar a merced de los acontecimientos, en riesgo de inexistencia por
desinserción social. Esto no ocurre solo con los desempleados. Precariza la
vida social en su conjunto. En
una complejidad causal, que incluye otros factores, estas condiciones objetivas operan en la gestación de movimientos de
dispersión social y procesos de fragilización y fragmentación subjetiva y
vincular. A
la vez, la movilidad de las inversiones, favorece,
cooperando con la reorganización de la producción y su flexibilización, la
precariedad laboral. La “versatilidad y polivalencia” del trabajador, hoy
tan exaltadas, no es sólo un requerimiento positivo de las nuevas formas
productivas. Llevadas a un extremo expresan también rasgos de un sujeto apto a
adaptarse acríticamente a la precarización e inserción social a través del
trabajo. Esto es posible en tanto incorpore en la representación de sí y del
mundo uno de los axiomas de la llamada globalización: un empleo estable es hoy
un mito. Esta incorporación es uno de los rasgos de un proceso patogénico: la
sobreadaptación. Como
lo hemos señalado previamente, consideramos pertinente el análisis de algunos
de los rasgos del “nuevo orden mundial”, y en particular en lo que hace a su
basamento económico y su expresión en el plano de las relaciones de poder, ya
que al definir el campo y objeto de la Psicología Social como “compleja dialéctica
entre relaciones sociales y subjetividad”, nos posicionamos desde una concepción
del sujeto y un consecuente criterio de salud. Desde
allí interrogamos e interpelamos al orden social en tanto posibilitante u
obstaculizador de la existencia de un sujeto integrado, en sí y con otros,
conciente de sus contradicciones, de las relaciones en las que está inmerso y
de las que es actor. Un sujeto con capacidad crítica, de aprendizaje y
creatividad. Un sujeto producido y emergente de condiciones concretas, que pueda
asumirse en su identidad esencial de productor de su vida material y del
universo simbólico, sujeto del conocimiento y protagonista de la historia. La
relación entre procesos sociales y subjetividad no es mecánica, simple o
unilateral. Su complejidad desborda todavía nuestros instrumentos de análisis,
lo que nos lleva a trabajar con hipótesis e interrogantes. En
ese interrogar encontramos que hoy, si la ley del mercado opera como institución
fundamental, reguladora de los intercambios entre los seres humanos, la
competitividad excluyente se instala como máximo valor social. El
individualismo más exaltado y la significación del otro como rival a excluir o
destruir, se redimensionan como ideales hegemónicos. Un
movimiento de dispersión social, de alteración en los procesos
identificatorios y fractura en los lazos solidarios, que constituyen el sostén
del ser del sujeto, condición del psiquismo y de la historia, emergen en estos
hechos y su legitimación ideológica. Sin
embargo, como lo sostiene W.Reich “Un orden social opresor, negador de la vida
y de las necesidades más primarias solo puede sostenerse si se transforma en
conducta espontánea”. Es
decir,
se instituye en la subjetividad y en algún aspecto la configura. Este
orden de exclusión podría tener su anclaje psíquico en que el sujeto
aterrado, aislado, ante el riesgo de devastación, de inexistencia, encuentre en
la identificación con ese orden alguna apoyatura que le permita negar su
angustia, y la vivencia de soledad e impotencia que se le hace intolerable. Esta
sería la base del falso self que distintas instancias de la vida social tenderán
a reforzar. Cuando
en un orden social se incrementan las condiciones objetivas para la carencia y
se instala la amenaza de exclusión y el incentivo de la rivalidad, se deteriora
la trama de relaciones. Si el sujeto es negado o devaluado en su función
esencial de productor, tiende a darse un impacto en lo subjetivo que se expresa
en la melancolización, la pérdida de la autoestima, la desconfianza, la
cosificación de sí y del otro. Crece el aislamiento, el encierro en la propia
piel, en los propios pensamientos, las vivencias de vacío interno, soledad y pánico.
Al mismo tiempo se incrementa la violencia en las relaciones interpersonales y
el rechazo de las diferencias. La crisis objetiva se ha transformado en crisis
del sujeto. Al
potenciarse las vivencias de inseguridad e incertidumbre, de pérdida y ataque,
el monto de ansiedad y confusión fragiliza el necesitado sentimiento de
fortaleza yoica, de seguridad básica. Esto puede constituirse en un obstáculo
para la identificación madura, el encuentro con el otro en tanto diferente y
semejante. Se vulnera así nuestra capacidad para la inquietud” (Winnicott),
“nuestra preocupación por el otro”, uno de los fundamentos de nuestra
condición ética y basamento en la construcción de lazos solidarios, redes
vinculares y grupales que, como hemos dicho, operan como sostén del ser y
sustento de la identidad. Hemos
mencionado, hipótesis acerca de la
institución de este nuevo orden en la subjetividad, la posibilidad de anclaje
en el psiquismo. El
nuevo orden mundial, en tanto se define
en las actuales relaciones de poder, como “único
mundo posible”, plantea un mensaje unívoco y contundente de acatamiento.
El discurso suprime la posibilidad de otra alternativa. Es por tanto,
esencialmente adaptacionista. Este
discurso tiene como escenario la contradicción inclusión/exclusión, lo que
hemos llamado un “orden de escasez”,
un “horizonte de amenaza”. En el terror de inexistencia
que emerge de la posibilidad de una exclusión sin retorno, encontrará el terreno
fértil el mandato, a veces imperativo, a veces seductor, de sumisión e
identificación con los ideales del “nuevo orden”. Hemos
hablado de fragilización subjetiva, de alienación en tanto pérdida y
desconocimiento de sí e identificación del sujeto con ideales y mandatos de un
poder que no solo le es ajeno, sino antagónico. Las
formas sociales de organización de la experiencia, y las significaciones
sociales dominantes en este nuevo orden tienden a producir fragmentación social
y subjetiva como formas de la existencia alienada. Estos procesos, profundamente
vinculados entre sí, que se sostienen y remiten recíprocamente ofrecen un
doble carácter: pueden ser efecto de las condiciones concretas de existencia,
ya que éstas plantean crecientes exigencias de respuesta adaptativa a la
multiplicación y diversidad de estímulos, a la vertiginosidad de los cambios,
a la súbita pérdida de referentes y pueden también operar como defensa ante
el masivo ataque a la subjetividad, el potencial daño al yo, que la emergencia
simultánea de esta constelación de hechos representa. Un
camino adaptativo es el que intenta una respuesta “adecuada”, en el plano fáctico,
de rendimiento laboral y social. Pero esa “adecuación” no se da desde una
fortaleza yoica, que permite una relación crítica con el universo de
experiencia, sino desde el sometimiento. Se
trata de una conducta de sobreadaptación que implica la construcción de un
falso self, una falsa identidad. Está íntimamente ligada al proceso de
alienación y requiere una subjetividad fragmentada. El sujeto se escinde, se
desconoce en sus propias necesidades, sentimientos, historia y relaciones,
jerarquizando sólo aquella que lo somete, en tanto supone que le otorga
significatividad y existencia. Asume así, como conducta espontánea, negando o
reprimiendo sus conflictos, lo que es mandato y discurso de un otro, en una
relación de sumisión. Esto
- que puede ser analizado en distintas practicas que hacen a nuestra vida
cotidiana- se expresa por ejemplo en la institución del trabajo cuando desde el
lugar del obrero, en la nueva organización productiva, no se asume solo la
responsabilidad laboral, sino que ésta se extiende a la responsabilidad
empresarial de satisfacción y retención del cliente y competitividad en el
mercado. Convirtiéndose de hecho, cada trabajador en un agente de control de
sus compañeros, e induciéndose a una falsa representación acerca del propio
lugar en las relaciones productivas. En
el adaptacionismo, negación de contradicciones y sumisión, una parte
significativa de las emociones y el pensamiento, así como de señales del
cuerpo, es suprimida, obturada y quizás perdida. Se deterioran los procesos de
simbolización, ya que el sujeto no puede pensar ni pensarse. No puede tomarse
autónomamente a sí mismo ni a la realidad como objeto de conocimiento. Este
proceso es reforzado por un discurso del poder que ejerce en forma sistemática
la “desmentida de la percepción”. El
empobrecimiento psíquico, el deterioro de la simbolización y el temor a la
destrucción interna que acechan al sujeto, lo empujan a la búsqueda de
satisfacciones sustitutivas. Entre ellas se recortan las distintas conductas
adictivas. En
esta modalidad de fragmentación, el sujeto pareciera quedar disperso en la
superficie de las cosas, en una relación de exterioridad consigo mismo,
banalizando sus relaciones. Este puede ser un rasgo de la llamada subjetividad light. Pero también puede ser la situación de los que
quedan atrapados en una vivencia de futilidad y vacío, propias de una depresión
silenciosamente instalada. Esta
ausencia de pensamiento, esa fragmentación se hace también manifiesta en los
que no pueden transitar la respuesta supuestamente adecuada, adaptada, pero que
encuentran, ante la imposibilidad de simbolizar y elaborar su angustia, su
frustración y su ira, la descarga en la acción violenta, en una búsqueda
incesante de calmar su pánico a través de la aniquilación de la fuente de
ansiedad. Esta es buscada y desplazada en forma permanente. El otro, los otros
son su enemigo. La violencia sin sentido, presente en nuestra cotidianidad,
tiene su origen en ese proceso. Otro
camino, también ligado a la fragmentación y a la dificultad de elaboración
simbólica es el de la melancolización. En ella el sujeto rompe sus lazos
sociales, se aísla, condensa en sí todo el caudal de impotencia y pérdida -
por las que se responsabiliza- y esto puede llevarlo a distintas formas de
autodestrucción. Emergen patologías que van desde la bulimia y la anorexia
hasta el suicidio. Definimos
esta situación como punto de urgencia en
el campo de la salud. El
daño psicológico que significa para la mayoría de los habitantes de la tierra
la desocupación masiva y la precarización labora, que han instalado un
“horizonte de amenaza” como una inseguridad crónica, ha sido comparado con
el que produce una guerra mundial. La
OMS en 1997 caracteriza a los efectos de este modelo como catástrofe epidemiológica. La depresión se ha convertido, junto a
distintas formas del síndrome de pánico, en patologías dominantes. La falta
de perspectiva y de proyecto se ubican en la génesis de las distintas formas de
la enfermedad mental. Sin
embargo, no todo es acatamiento, no todo es resignación alienada. Ha
despuntado y se desarrolla en la práctica y en las representaciones, una crítica
profunda de este modelo de injusticia y opresión. Si
bien la fragmentación subjetiva y la atomización social continúan vigentes
como fenómeno hegemónico, y la sobreadaptación persiste junto al pánico,
dando lugar a intensas formas de sufrimiento, se delinean respuestas
alternativas. Desplegada
la crisis y alcanzados sus puntos álgidos, surgen nuevos comportamientos. Estos
se expresan tanto en los movimientos de decenas de miles de obreros y
estudiantes en Europa, en las movilizaciones masivas en Asia, como en las nuevas
formas de lucha social que se muestran en México, Brasil, Paraguay y Argentina,
o en la resistencia de los países del Tercer Mundo como Cuba, Irak y otros, al
cerco y agresión imperialista. Esas
luchas y formas innovadoras como las de Chiapas, los fogoneros y piqueteros de
Argentina, el Movimiento de los Sin Tierra de Brasil y Paraguay, ponen de
manifiesto aprendizajes sociales y personales. En ellas el silencio ha cedido
lugar a la palabra, palabra que exige ser escuchada. La parálisis va dejando
lugar a la acción organizada. El sentimiento de vergüenza y marginalidad, la
culpa frente a la desocupación es ahora indignación, conciencia de oprobio. Se
advierte un tránsito de la autopercepción de desocupado victimizado e
impotente, a una nueva autopercepción: la de ser sujeto grupal de poder. Muchos
de los de hasta ayer - desvastados en su subjetividad por este modelo- se
identifican con la condición de victimizados, pero no ya en términos de
excluidos sino de robados, despojados. No aceptan el discurso ni el poder del
victimario, redefinen su autovaloración. No se identifican con el agresor a la
vez que crecen en la tarea de identificarlo, en el sentido de desocultar sus métodos
e identidad. Es
lo compartido, lo articulado, los nuevos procesos identificatorios, los que
sostienen esta posibilidad de acción y movilización, de análisis precisos y
pertinencia en el hacer. Este
es un proceso complejo, que implicará tiempo y varias instancias de práctica.
Sin embargo, como respuesta a la globalización, al “fin de la historia”, a
la extinción del trabajo, millones de seres humanos están intentando recuperar
o reapropiarse de un rasgo esencial de identidad, el de ser protagonistas de la
identidad: el de ser protagonistas de la historia. Esto se expresa hoy en
distintas practicas y en la recreación del discurso. Discurso fundado en la
irrenunciable conciencia de la dignidad.
Ana P. de Quiroga Buenos
Aires, agosto de 1998.
[1] Al referirnos a la esencia de un proceso, designamos con este término aquello que le da especificidad, pero que, pese a su relativa permanencia, en modo alguno es inmutable sino sujeto a transformación, en movimiento y por ello dotado de historicidad. [2] Nicholas Negroponte. [3] Jeremy Rifkin. “El fin del trabajo”. G. Sartori “El homo videns” [4] Francis Fukuyama: “El fin de la historia” y “El último hombre”. Jeremy Rifkin: “El fin del trabajo”. Vivian Forrester: “El horror económico”. [5] El análisis de un movimiento múltiple como el posmodernismo merece un desarrollo que razones de espacio nos impide dedicarle. En muchos de sus lineamientos el pensamiento posmoderno abre fecundas vías de indagación en la relación orden sociohistórico y subjetividad. Su posicionamiento epistemológico y el flagrante desconocimiento de otras teorías que transitaron y transitan la temática de esa relación en su complejidad, constituyen a nuestro entender un obstáculo para lograr mayor solidez en sus aportes.
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Martes, 13 de Mayo de 2008
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