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El
trauma de ser argentino/a
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Artículo Enero 2003 – Página 12.
El
psicoanalista Hugo Pisanelli y la psicóloga social Ana Quiroga analizan
en esta nota si el concepto de "estrés postraumático" puede
aplicarse a una sociedad entera cuando, como
la argentina, lo público se infiltró de una
manera inédita en la subjetividad de cada individuo.
Por Sonia Santoro
Se dice que a los países latinoamericanos les pasa lo mismo que a una mujer
golpeada, que llega a padecer estrés postraumático. Y esto, a
nivel social, se traduce en una falta de energía
colectiva y en la desarticulación del tejido
social. El último año, la Argentina golpeó cada vez más duro a sus
habitantes, los dejó sin los derechos básicos a comer, a tener
asistencia sanitaria, a tener un trabajo, a
conservar sus ahorros, entre otras cosas.
¿Se puede pensar que la sociedad está padeciendo estrés postraumático? ¿Es
válido aplicar criterios médicos o psicológicos para análisis
sociales? Un psicoanalista y una psicóloga social,
desde lugares bien distintos, llegan a conclusiones
parecidas.
Con espíritu pedagógico Hugo Pisanelli, director de Psicólogos y Psiquiatras
de Buenos Aires, explica que traumatismo es básicamente "algo
que excede las posibilidades de solución de un
sujeto" y que estrés patológico es cuando el estado
de alerta con que "el organismo reacciona frente a algo" se mantiene
en el tiempo.
Pero ya el propio Freud, advierte Pisanelli, complica el concepto cuando se
da cuenta de que "esa cuestión traumática a veces no acontecía.
El sujeto fantaseaba o creía que había ocurrido. Y
eso le provocaba un trauma. Es más, en las
definiciones de psiquiatría actual, no solamente se habla de los
estados en los que quedan los sujetos después de un accidente,
algo violento social o personal, sino de haberlo
escuchado o de haberlo visto". Pensar en la
cantidad de horas de televisión o radio sobre el tema "crisis" que hemos
consumido durante todo este año, asusta.
-¿Se puede pensar que nuestra sociedad sufre estrés postraumático?
-Freud y Lacan nos habilitan. Perfectamente se podría decir que la Argentina
es una sociedad que tiene estrés postraumático. Es más,
culturalmente las enfermedades van cambiando y se
van transmitiendo las formas de elaboración de
determinadas formas, usos, costumbres. En las sociedades guerreras los
juegos de los chicos tenían que ver con batallas; en las
sociedades más evolucionadas, con la escritura, con
el ingenio. Esto puede servir para elaborar
cuestiones que la cultura padece, que es lo que usted estaba
diciendo. Por ejemplo, hay un juego ahora en las escuelas que se
llama "El abecedario". En un colegio en Garín los
chicos tienen el dorso de las manos lastimadas.
Mientras uno le va diciendo el abecedario y el que tiene la mano
puesta tiene que decir nombres que empiecen con esa letra, el
otro le va arañando la mano con la uña hasta que
termine el abecedario. Eso termina en una
lastimadura sangrante, o bien se retira la mano y se pierde. Gana el que
aguanta más, dice el juego. Están
elaborando con el juego algo que los viene
presionando a ellos y a sus padres, porque la directora dice que el 80 por
ciento de los padres está desocupado. Los chicos tratan de
elaborar con este juego el dolor, aunque sea
físico, que pueden llegar a sufrir siendo
desocupados, siendo gente que no tiene para comer. Ana Quiroga, directora de
la Primera Escuela Privada de Psicología Social Enrique Pichon-Rivière,
prefiere usar otras categorías de análisis. Parte de la relación
del sujeto con el orden sociohistórico. Ampliando
el punto de vista, habla de los rasgos del
modelo conocido como globalización o nuevo orden mundial a partir
de la década del 90. "Ya la Organización Mundial de la Salud en
el '94 o '95 hizo llegar a las maestrías de
salud mental un informe que decía que este
nuevo orden, por las características subjetivas que generaba, podía ser
definido como una catástrofe epidemiológica", comenta. ¿En qué
sentido? "En que hay un crescendo formidable
de la depresión, posiblemente la patología
dominante y que va a seguir siéndolo; otro fenómeno generador de
muchas patologías físicas y
mentales es el proceso de sobreadaptación. La persona
sobreadaptada tiende a dar una respuesta pero más allá de sus
fuerzas a las exigencias del medio. Tiene un terror
que llamamos 'terror de inexistencia' por
desinserción social, tiene pánico (el otro gran síndrome de la época) de
no poder, de quedar afuera, de caer infinitamente. Esto se
relaciona, por ejemplo, con la reorganización de la
producción, con la precarización laboral, con la
imposibilidad de la reinserción, y con lo que se
definió como un destino irreversible."
Puntualmente, concede, los argentinos hemos padecido algunos hechos
históricos que han sido traumáticos y que tuvieron "un efecto de
mucho daño psicológico": el
enlazamiento de la dictadura con la ilusión y la desilusión
en el período de la democracia; la hiperinflación y la anomia.
"Cuando se produjeron los saqueos en el '89 empezó
a correr un discurso de 'los otros vienen',
aparecía una peligrosidad del otro que dejó sus marcas, más otras
cuestiones de efectos de la crisis: la aceleración de los
sucesos, la pérdida de las nociones de tiempo y
espacio, la ruptura de la cotidianidad... todas
esas situaciones las estamos viviendo hoy."
Según Pisanelli, no sólo se ve que la sociedad padece estrés postraumático
en "lo que es más llamativo del estrés, la ansiedad": la gente
está muy ansiosa, tiene trastornos de sueño, tiene
más problemas cardíacos más que antes, problemas
respiratorios. Sino también en las manifestaciones sociales
de "retraimiento o de violencia masiva". Desde este punto de
vista, los escraches a los bancos, por ejemplo, son
una forma de "descarga social".
En su experiencia de trabajo con organizaciones de desocupados, Quiroga
llega a una conclusión similar. Empezó a ver, sobre todo en el
último año, que la gente empezaba a tener "un
posicionamiento crítico ante las instituciones: la
gente no acepta". Quiroga ve el proceso de empobrecimiento
la Argentina como una situación límite que movilizó a la gente a
luchar por lo que le correspondía y a
reposicionarse ante las instituciones. Y "luchar
por el propio derecho es sano", dice.
¿A dónde remitirse para lograr la cura de la sociedad? Pisanelli (que aclara
los múltiples aspectos a analizar) se detiene en evaluar el
"corrimiento de la figura paterna". "La familia
como célula de la estructura social también está
afectada porque la función paterna no funciona. La función paterna es
la de la legalidad, lo que se debe hacer y lo que no. En el
psicoanálisis parte de la ley del incesto pero esto
se hace extensivo a todas las leyes de la
humanidad: no matar, no robar, no violar... Esa función fue delegada en
el Estado, que en algún momento se hizo cargo de esto y después
empezó a tener corrupción interna y dejó de hacerse
cargo. Obviamente, una estructura infectada de
corrupción no puede hacerse cargo de algo que tiene que ver con
la legalidad", dice. Si hay algo viejo en Argentina es la
corrupción. "El olvido es una de las cosas que hace
que nosotros terminemos repitiendo como nación
muchas cosas que no son nuevas. Hablábamos de la corrupción de la
carne en los años 30, esto no es nuevo. Ahora, está mucho más
generalizado y las consecuencias sociales son más
graves", dice. Si bien Quiroga no niega el
padecimiento que está viviendo la sociedad, pone el acento en sus
posibilidades de gestar, individual y socialmente, salud. Cuando
la gente empezó a pensar que las cosas podían
cambiar, dice, fue recomponiendo el tejido social
que "estaba particularmente destruido desde fines de la década
de los '80, cuando triunfa el modelo". "El modelo globalizador
-plantea- tiene la paradoja de que necesita de la
fragmentación subjetiva y de la fragmentación
social porque exalta el individualismo, el logro personal,
etc. etc. Todos los proyectos solidarios que implican tener en
cuenta al otro caen. Y eso es muy registrable en
rasgos subjetivos. Esa ruptura del tejido
social no afirma al individuo, paradójicamente, sino que lo hace más
vulnerable. Porque nosotros los seres humanos necesitamos, como
una necesidad psíquica primordial, la pertenencia y
el sostén. Cuando la pertenencia y el sostén en el
otro, en los vínculos, en las instituciones, en los
grupos se va debilitando, desapareciendo, vamos quedando aislados (es
interesante que aparecieron patologías del aislamiento en esos
primeros años de los '90). Entonces, aparece un
sentimiento de vulnerabilidad extrema que hace que
uno sea particularmente susceptible, mucho temor a
la confrontación y a la diferencia. Hay una
fantasía de destrucción propia o del otro en la
confrontación. Lo que se va produciendo es un encierro en el propio mundo."
-¿Se puede generalizar? También hay una parte de la sociedad que se aisló
más desde el estallido del año pasado.
-Sí, hay una parte que sigue aislada. Lo que no podemos decir es que haya
una parte de la sociedad que no esté sensibilizada. El cambio en
el plano de la organización social se empezó a ver
cuando los más golpeados del modelo se empezaron a
dar cuenta que tenían que articularse con otros para poder
subsistir, cuando empezaron los piquetes, cuando se mueve
Cutral-Co, Mosconi, Jujuy, esas ciudades que han
quedado devastadas por la reorganización laboral, y
subsumidas en la miseria. Y empiezan a darse cuenta
que si se articulan en un grupo empiezan a adquirir un poder que no
tenían hasta ese momento. Y empieza esta idea de sujeto grupal o
social, se sostiene en ese sector social de
pertenencia y así tiene una mayor fortaleza
del yo, que era eso tan deteriorado.
Por eso, Quiroga dice que cree que "en este momento que parecemos estar tan
locos y que seguramente en muchos aspectos lo estamos, tan
desorganizados y tan desestructurados, por lo menos
tenemos una convicción de que estas cosas no pueden
seguir así. Hoy está puesto en cuestión el orden social y esto
puede ser el inicio de un cambio social, yo no te digo que va a
ser, puede ser. Ya ha habido cambios en lo social
que son cualitativos. ¿Adónde va
esto? Si lo supiera...".
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